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LOS CABALLEROS DE LA LEGION

PROLOGO
Somos amigos hace muchos años. Al verle herido me quedé parado un momento. Carlitos, como le llamamos en Madrid, tenía una sonrisa nerviosa. El brazo en cabestrillo de él impidió el abrazo.
—No es nada. Un tiro “sedal”. Entra por el codo y sale por la mitad del antebrazo. No vale la pena. — ¿De hueso?
—Le ha rozado un poco, casi nada.
–¿Cómo fué?
—Cuando asaltamos las lomas de Nador. Yo soy agente de enlace del comandante Franco. Nos tiraban, tanto que tuvimos que bajar del caballo. Yo iba a id izquierda de la loma, junto a un barranco. A mi lado cayó, como una pelota, un muchacho agarrándose el vientre. Le preparamos la camilla, se le llevaron y volví a andar. De pronto me caí por el barranco. Me hice daño en la cadera y en esta rodilla. ¡Vaya un tropezón!, pensé. Y volví a subir donde estaba. Noté que me caía sangre por los dedos. No me había; enterado del tiro: Creí, al caer, que había sido el tropezón…
Mico estaba rojo, sudoroso. Tenía afeitada la cabeza, como todos los legionarios, y sobre el rostro y el cuello, una costra, de sol encarnado y de sudor negro. — ¿Qué hora es?
—Las dos.
— ¿Nada más? Se pierde la noción del tiempo en los combates. Creí que serían las siete de la tarde lo menos.
Aparte el color, Micó estaba normal como si llegase de un deporte. Sólo le emocionaban un poco los amigos que acudían. Parecía avergonzado de lucir una herida.
—No es nada. Dentro de unos días ya se habrá cicatrizado esto. No me voy del hospital para que no lo interpreten en otro sentido…
Demasiada modestia. Porque su herida no era insignificante. Aunque el brazo derecho podía manejar la pluma de periodista, el izquierdo tardó en jugar con el cigarrillo. Millán Astray, en uno de sus rasgos vehementes, le nombró cabo y le citó en la orden del día. Micó ruborizóse. Empezó las operaciones de Beni-Aros de cronista, empujado por lo curioso de la aventura legionaria. Cuando iba a meterse en una guerrilla le gritaba, indignado, el teniente: “¡Paisano, atrás! ¡Atrás ese paisano!” Se picó el paisano y para que no le echaran atrás enganchóse en la Legión. Fué con ella a Melilla y se batió, como dice su jefe, “de cincuenta días, cuarenta”. ¡Y qué labor tan arriesgada! El agente de enlace va a caballo y cruza de parte a parte la línea de fuego llevando recados. Muchas veces perdióse Micó, desconocedor del terreno, y tuvo que utilizar sus habilidades de caballista para saltarse las balas. Por fin una de ellas “hizo carne”, como se dice en las ambulancias.
Micó no quería convencerse de que había corrido peligro.
—Pero hombre, ¡por Dios!, ¡si es un tiro “sedal”!
Fué en el hospital de la Cruz Roja de Melilla. Verano del 21. Micó, paseando su brazo sostenido por el blanco pañuelo, mimado por las señoritas de uniforme, maduraba este libro.
He aquí un libro vivido, una verdadera memoria, el espejo vuelto hacia la vida que pasó y que a cada momento corría peligro de perderse. No hay en él esa cualidad novelística de la invención; es un cronicón, como los viejos cronicones de los soldados-poetas. El soldado, a la hora de queda, ha ido anotando los hechos, los caracteres, los paisajes y las sensaciones… Es la guerra, es la Legión interpretada fotográficamente, con un realismo que es ya naturalismo, verismo escueto más bien. Entre tanta faramalla y tanto follaje sin pulir tomo se ha servido a cuenta de la Legión, se destacas este libro severamente exacto, palpitante de emocionada verdad, como que estuvieron sus cuartillas manchadas con la propia sangre de su autor…

Un “caballero legionario” describe a “los caballeros de la Legión”. ¡Romántico libro! Pero romántico Cuerpo también.
La Legión es la antigua tropa desparramada por el mundo, autónoma, sujeta a soldada, aventurera y mercenaria, abigarrada y alegre, sufrida, audaz, orgullosa. Es el clásico Tercio que quemó pólvora bajo todos los cielos conocidos en su, época y que ha escrito las páginas de más novelería de la historia española. El Tercio, sin fuero civil, contra el que se revolvió Calderón en El Alcalde, pero con tesón heroico, que hacía llamarle a Carlos V, en la Gomera, “mis leones de España”…
Vemos aquel Tercio embellecido por la distancia. La perspectiva del tiempo ha borrado todas sus máculas y sólo queda el resplandor hazañoso. Los hombres que asaltaron Amberes son los mismos del Saco de Roma. Mas ese, pecado satánico que llevan consigo les hermosea. Don Juan formó en sus filas. Las faltas que pueda tener la Legión ahora, tampoco se ven ni tienen importancia. Son inmensos e innumerables los actos magníficos del moderno Tercio, y además le vemos en la perspectiva novelesca. Los escritores hemos hecho su aureola y un legionario, por fortuna, además de ser fina. héroe, lo parece.
Millán Astray ha calificado a los hombres de la Legión con una de esas frases suyas, certeras y cortas, como armas orales: “Caballeros legionarios” les llama. Carlos Micó ha aceptado y subrayado esa denominación. Es cierto. Hay en la Legión hombres intachables, llevados a la guerra por el ideal, por el sentimiento patriótico, por el del honor militar. Y los hay innominados: buscan en el Cuerpo un derecho de asilo que el Cuerpo tiene. Son los hombres que han dejado de ser hombres. Sin embargo, allí ¡qué caballeros! Sí : “Caballeros legionarios”.
Admiro la eficiencia militar de la Legión, primera piedra del gran ejército colonial, más que necesario, indispensable para la pacificación total y el futuro progreso de la zona española del Marruecos; admiro a la Legión en el combate; y sin ella creo que sería cien veces más grande el esfuerzo económico y militar que tendría que realizar España en África. Pero admiro aún mas el crisol que es para transformar una individualidad deshecha, maculada, la escoria, en eso, en un caballero, con todas las virtudes del caballero del libro de Caballería, arquetipo de la caballerosidad.
Hay algo inmortal en el alma del hombre y es su espíritu de sacrificio. Cuando todo ha pasado, cuando todo se ha destruido, aun resta un valor intacto; se carece de dignidad, pero se tiene vida; se ha cometido un delito, pero se tiene vida; se ha perjudicado, hundido a un semejante, pero se tiene vida. La transformación de la vida en expiación por medio del sacrificio, redime de todo. La culpa no existe cuando a cambio de ella se ha dado lo que se posee de íntimo e inmaterial. Un amante que ha pecado contra el amor, se redime de su Pulpa amando a la que desamó, dándola toda su vida cordial. Un pecador contra sus semejantes, un fratricida, se redime de su crimen dando su vida material por la humanidad. ¡Hermoso fin el de Caín si hubiera podido morir por otro Abel! La pena jurídica no es venganza; no es más que la imposición de sacrificarse por el ideal de justicia. Es igual sacrificarse por el ideal de patria. Sí, “Caballeros legionarios.” En la Legión se consume, arde calientemente esa creencia perenne que posee aún el que todo lo ha perdido. En la Legión se redimen las almas angustiadas.
Por eso es alegre la Legión. Todo lo hacen con sencillez los legionarios: hasta morir. Todo lo hacen con alegría. “¡Se necesita un hombre para que muera!”, dice un jefe. Y son muchos los que se adelantan. Y es porque saben que sacrificándose se redimen; que muriendo, viven.
¡Colosal paradoja! ¡Tremenda ironía! Las virtudes morales han ido a refugiarse a la Legión, donde hay muchos a quienes un hombre moral no daría la mano si no fuesen legionarios. Milagro de la fe y del espíritu, que siempre puede salvarse por horrenda que haya sido su acción.
Delante de los legionarios se detienen los artistas, enamorados de su gallardía plástica, del desenfado con que van, despechugados y rotos, forjando una silueta heroica y juvenil. Los cronistas no bastan para relatar sus hechos, cada uno épico, digno de un canto pindárico. Mas la ética de la Legión es lo que hace más pensativo al contemplador. Como por cierta virtud de transubstanciación que tiene, convierte a un malhechor en un caballero.
Sí. Está dicho lapidariamente: “Caballeros legionarios.” Sin tener obligación se prestan a caminar, a obedecer, a sufrir mortificaciones materiales, a soportar el sol y el hielo; se obligan a pelear, a morir. Una simple indicación es bastante para asomarse al borde del peligro. Nunca se quejarán. Todo será para ellos propicio, bueno, óptimo. Serán hermanos desconocidos, hasta el punto de perderse por salvar a quien se lo pida. No conocerán las diferencias de raza, ni de religión, ni de nacionalidad. Allí se borraron los colores, las fronteras. Un mismo Dios es el suyo, aunque tenga diferentes nombres. Sólo tienen una patria, un enemigo, una familia, un apelativo: son legionarios.

Son la antigua Orden, la Hermandad, la Milicia humana. Rígida regla para el deber, que aceptan voluntarios. Amplitud y tolerancia: máximas para vivir y Convivir. Y un prurito de vencer y de ganar la meta del sacrificio, que es su gloria. Sí. “Caballeros, caballeros legionarios.”
* * *
Leed, pues, este libro de la gesta de la Legión, escrito por uno de sus valientes, con el entusiasmo que merece una de las cosas grandes creadas en España en los últimos tiempos. Y añadid a los beneficios que ha reportado la Legión este otro, exaltado con la obra de Carlos Micó: es una hueste donde hay poetas.

TOMÁS BORRÁS, 1922

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