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EL COLOMBIANO

EL COLOMBIANO, un héroe de La Legión
Artículo de José Luis Rodríguez Jiménez publicado en la Revista Estela año 2004.

Fueron muchos los extranjeros que se alistaron como voluntarios en el Tercio de Extranjeros. Lógicamente tan sólo un número reducido de ellos aparece con su nombre o seudónimo en los libros de historia militar.
Algunos de los primeros extranjeros en acudir a los banderines de enganche vinieron a responder a las expectativas contenidas en los informes del Estado Mayor Central en los que poco antes de la creación del Tercio se plantea la creación de un cuerpo de voluntarios para la guerra de Marruecos. En un docu­mento que lleva fecha de 9 de octubre de 1919 encon­tramos algunos apuntes sobre el tipo de soldado que se esperaba reclutar.
Además, en cuanto se pusieron en marcha las cam­pañas de reclutamiento, la oficina de propaganda se esforzó en difundir una imagen romántica en torno a la nueva unidad militar. Supuestamente, a sus filas estarían acudiendo los amantes del riesgo y de una vida llena de emociones, también los fracasados en la vida civil, y con ellos se codeaban en los campamen­tos hijos de familias distinguidas que habían llegado hasta allí empujados bien por consideraciones de orden superior, como el amor a la patria, por entu­siasmos juveniles, o por desengaños, deseosos de vivir en adelante ignorados del mundo y vistiendo traje legionario como símbolo de una familia de héro­es.
En cambio, en el citado informe no se contempla el alistamiento de hispanoamericanos, y lo cierto es que encontramos un número importante de ellos en la pri­mera etapa del Tercio.
Pronto se incorporan también 731 componentes de lo que se llamó Legión Hispanocubana, conformada por 446 españoles, 225 cubanos y el resto latinoame­ricanos de distintas nacionalidades. Habían llegado a La Coruña el 4 de octubre procedentes de La Habana y desde la ciudad gallega el vapor “Manuel de Camps” les llevaría a Ceuta. De esa expedición for­maba parte un colombiano que había tenido la opor­tunidad de alcanzar una buena formación cultural. En 1921 tenía 28 años y trabajaba en Cuba en una plan­tación de caña de azúcar. Hacía año y medio que, des-pechado por amor, había abandonado su Colombia natal y se había dedicado a recorrer varios países de su entorno geográfico. En una de las calles de La Habana vio los grandes carteles de propaganda del Tercio y, no habiendo encontrado el reposo necesario para su corazón, debió de pensar que ese era un lugar adecuado para tener la mente permanentemente ocu­pada y escapar de una serie de recuerdos. Su historia nos habla de algunas vicisitudes de los primeros tiempos del Tercio.
Nuestro hombre dijo llamarse Carlos Angulo Rebolledo, nacido en Popayán (Colombia) el 23 de junio de 1893, y no le fue exigido documento perso­nal alguno. Quedó adscrito a la primera compañía de depósito hasta que el día 20 parte para Tetuán. Va a formar parte de la 16º compañía de la IV Bandera. A finales de ese mismo mes vive su primer combate como escolta de un convoy a Monte Zagan, en la zona de Ceuta. Durante la operación resulta herido y ha de ser trasladado al hospital de Ceuta, donde permanece ingresado hasta marzo del año siguiente y en estado de convalecencia un mes más. Es ascendido a cabo y recibe la Medalla de Sufrimientos por la Patria como pensión vitalicia de cincuenta pesetas. Una vez rein­corporado a su unidad participa en el establecimiento de posiciones y la protección del avance de las columnas, destacando siempre por sus cualidades militares, lo que le permite ascender a sargento en mayo de 1923. El 28 de junio partió con su compañía y cola­boró en la protección del avance de los tanques y del convoy que se dirigía a Tizzi Azza y posiciones inme­diatas, que fue atacado por los rifeños; y el 31, con su compañía. “protegió el avance de una columna esta­bleciendo duro combate y entrando a la bayoneta en el barranco comprendido entre Benítez y Kernes, desalojando al enemigo de sus posiciones después de varias horas de lucha”.
Al parecer. este colombiano, de aplicación mucha y de valor acreditado, tal y como consta en su Hoja de Servicios, se convirtió en una figura bastante conoci­da entre los legionarios, en tanto que amante de una guerra llena de alardes individuales y de la lucha más primitiva a campo abierto, por su valor ante el enemi­go y por la forma de comportarse en el campo de bata­lla, donde aportaba los gritos de “¡Viva Colombia!, ¡Viva España!, ¡Viva la Legión!” cuando arengaba a sus hombres en una posición defensiva o antes de lan­zarse al asalto a la bayoneta. En marzo de 1924 su bandera se desplaza a Tafersit. integrándose en la columna mandada por el teniente coronel Francisco Franco. El día 7 es herido en la Loma Roja durante el transporte de un convoy al sector de Tizzi-Azza, en la zona de Melilla. Se reincorpora en mayo y es ascen­dido a suboficial y en agosto recibe la cruz de plata del Mérito Militar con distintivo rojo y pensión men­sual de veinticinco pesetas durante cinco años por sus méritos y servicios prestados a España en la zona del protectorado. A finales de agosto su bandera partió con destino a Tetuán, en cuyo entorno se realizan ope­raciones para someter a las cabilas rifeñas, lo que supuso su intervención en varios combates bajo el mando del teniente coronel Franco y el general Castro Girona. El 24 de octubre Angulo disfrutará del dere­cho a usar la Medalla Militar de Marruecos de plata con los pasadores Tetuán y Melilla y una aspa roja. Además, el cónsul general de la República de Colombia se interesó por su historia Militar y escribió sobre su participación en la guerra de Marruecos al ministro de Exteriores de su país.
A finales de febrero de 1925 le encontramos dedi­cado a la instrucción de reclutas y en servicio de cam­paña. Por real orden de 24 de junio de 1925 es pro-movido al grado de alférez. Uno de sus familiares, en el libro El Legionario, escribirá que el acto fue presi­dido por el teniente coronel Franco, que la banda mili­tar interpretó el himno de Colombia y que por la noche le fue ofrecido a Ángulo un banquete en el casino de oficiales del campamento de Dar-Riffien. Estos datos y otros ofrecidos en el citado libro pueden haber sido exagerados, pero no cabe duda de que Angulo era muy apreciado por sus superiores. A finales de agosto embarca para La Coruña, donde ha de recoger una expedición de voluntarios procedentes de Cuba. En septiembre se reincorpora a su destino, la 19 compa­ñía de la V Bandera. en el campamento del Fondak de Ain-Yedida, donde quedó en servicio de protección de carreteras y convoyes a distintos puestos del sec­tor, así como de fortificaciones de otros. Pero el 25 de noviembre regresa a La Coruña con la misión de reco­ger otra expedición de reclutas cubanos, tema que él conoce bien. A finales de ese año la cuñada del capi­tán Luis Santacruz. amigo suyo, se convirtió en su madrina de guerra, figura recuperada con motivo de la guerra de Marruecos. Daba así comienzo su relación epistolar con Caridad Villalón y Mateo, a la que conoció personalmente en octubre de 1926. en Zaragoza: se casaron en julio de 1930 y tuvieron dos hijos. Caridad Delfina y José Luis.
Ya hemos dicho que este legionario poseía una buena formación cultural. Además escribía. y debía de hacerlo bien. Varios artículos suyos aparecieron en la prensa española, en la del protectorado y en la peninsular. En julio de 1926, con motivo de su viaje a Cádiz fue agasajado por los cónsules sudamericanos y por miembros de la Real Academia Hispano-Americana de Ciencias y Artes de Cádiz, y en sep­tiembre se le hizo miembro de la misma. El 10 de octubre la prensa gaditana anunció la imposición por la Real Academia Hispano-Americana de la insignia de académico al escritor Ezequiel Arroyave y de la medalla correspondiente a Angulo. quien había sido distinguido con esa consideración poco tiempo antes y considerado en palabras del cronista “uno de los más prestigiosos escritores colombianos” (presenta­ción que escapa a la realidad) y “figura de actualidad por su heroísmo en Marruecos”. Ese año se aprovechó en Cádiz la celebración de la Fiesta de la Raza, el 12 de octubre, para incluir en el programa la recepción de los académicos en el salón de actos de la citada ins­titución.
En ese ámbito, el de su carrera militar. Ángulo tam­bién continuó progresando. El 30 de septiembre de ese año fue ascendido a teniente por sus servicios y méritos contraídos desde el 1 de octubre de 1925. Además fue objeto de atenciones por sus mandos, muy especialmente por aquel a quien nuestro prota­gonista demostró especial admiración. En efecto, Millán Astray, siempre pendiente de sus hombres más sacrificados y valerosos, prestó una especial atención a este colombiano, a quien había dedicado meses atrás una fotografía con el siguiente texto:
“¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva la Legión! Gratitud a Colombia que nos envió tan bravo soldado. Don Carlos Angulo.
A mi querido legionario Alférez legionario señor Don Carlos Angulo, futuro capitán de la Legión. modelo de Caballero y honra de su gloriosa nación la República de Colombia. a su bravura indomable. a su estoica resistencia en el dolor, a tu fidelísima lealtad. Tu coronel fundador de La Legión “.
También estuvo pendiente de otros oficiales de nacionalidad extranjera. A este respecto. hizo todo lo posible para que progresasen en su carrera militar y que en el futuro pudiesen alcanzar una graduación más alta de lo reglamentado entonces para ascensos en el Tercio. Debemos tener en cuenta que el ascenso por méritos de guerra y en paz del personal de tropa a los empleos de alférez, teniente y capitán del Tercio quedó regulado en la regla 20 de la real orden circular de 4 de septiembre de 1920 y en su ampliación del 16 de octubre del mismo año, y que posteriormente una real orden circular de 7 de febrero de 1924 vino a modificar los mecanis­mos de ascenso a la categoría de oficial, hasta capitán. Los sub-oficiales del Tercio podían ascender a oficiales, pero los ofi­ciales de esta procedencia figu­rarían sólo en los cuadros del Tercio y con mando de tropas en el mismo, sin poder formar parte de las escalas de las Armas o Cuerpos del Ejército ni desem­peñar ningún otro destino.
Estas palabras han de ser escritas, pues las estoy hablando delante del taquígrafo que tiene orden de irlas copiando, y yo sacaré dos copias: rota que deja­ré ahí para mi sucesor, con mi firma, y otra que te entregaré a ti para que hagas de ella el uso que des­ees, pues esto es al mismo tiempo, un homenaje que te rinde tu coronel”.
En octubre de 1926 Angulo partió para Tetuán para hacerse cargo de la representación del cuerpo en la citada plaza y. a continuación, fue puesto al mando de la sección de enlaces de la Plana Mayor. a cuya uni­dad pasaría revista periódicamente en Dar-Riffien, ocupándose de su instrucción práctica y teórica. Por su labor ante las cabilas, que se dedicó a visitar, en compañía de sus tres asistentes, para intentar fomen­tar las buenas relaciones, el gobierno de Primo de Rivera le concedió la Medalla de la Paz de Marruecos. También sus inmediatos superiores expre­saron su satisfacción por su labor. Tal es el caso del coronel Juan de Liniers, quien escribe en la correspondiente hoja de servicios: “Es uno de los oficiales legionarios más distinguidos” (1929), especialmente “como organizador de la sección de enlaces que con­serva y mejora constantemente” (1930). Angulo per­maneció al mando de esa sección hasta noviembre de 1931, fecha en la que se incorpora a la IV Bandera en el Zoco de Arbaá.
Un año antes Angulo había solicitado la rectificación del nombre y apellidos con los que figuraba en su documentación familiar, para que figurasen los verdaderos: Luis Maria Crespo de Guzmán. Para ello le fue preciso presentar una información testifical practicada ante las autoridades judiciales de Colombia legalizada por el vicecónsul de España en Cali. y acompañada de certificado de matrimonio de sus padres legalizada por el mismo vicecónsul. La firma de este funcionario debía ser legalizada por el ministro de Estado español, pero en atención a que en el expediente certificaban también su legalidad el cónsul general de la República de Colombia en Madrid y el ministro plenipotenciario enviado extraordinario de Colombia en España, el fiscal estimó que no había razones para dudar de la autenticidad de la información adjunta e informó favorablemente la rectificación solicitada. Todo ello nos habla de las amplias relaciones sociales de la familia de este voluntario colombiano, al parecer sobrino del arzobispo de Popayán, provincia del departamento de Cauca. Para entonces habían solicitado ya el cambio de nombre en documentación militar un reducido número de legionarios y suboficiales.A comienzos de 1934 Crespo de Guzmán fue ascendido a capitán. el máximo grado a que podía aspirar un soldado mercenario. tras haber aprobado las correspondientes oposiciones. ya que había dejado de ascender por méritos de guerra. Ese año su Bandera participó. junto a otras unidades legionarias y otros cuerpos del ejército, en las tareas destinadas a sofocar el estallido revolucionario del mes de octubre en Asturias.
Una vez comenzada la guerra civil Crespo de Guzmán formó parte de la columna Madrid que desde el sur de Andalucía avanzó sobre la capital de España, participando en la ocupación de Zafra, Almendralejo y Badajoz. Mientras tanto, a mediados de aquel agosto de 1936 las fuerzas mandadas por el general Emilio Mola avanzaban en la zona norte del país. Uno de sus objetivos, para cerrar la zona fron­teriza con Francia, era Irún, una formidable posición estratégica, a la orilla izquierda del Bidasoa, dotada de fortificaciones y protegida por montañas. La ruta escogida para el asalto era la carretera de Pamplona, que sube a orillas del río y bordeando los montes que se extienden hacia el mar y resguardados por los fuertes de Papagogaña, Erlaitz, Turiarte y San Marcial. Todos esos fuertes fueron siendo tomados con una elevada pérdida de vidas. El día 23 todavía resistía el de San Marcial. Ante las dificultades encontradas por las fuerzas atacantes el mando soli­citó refuerzos, entre ellos 300 legionarios que com­batían en el frente de Guadarrama. Con ellos llegó Crespo de Guzmán, quien dirigió uno de los ataques, al mando de la 19 compañía de la II Bandera, a la que siguen 700 requetés el 1 de septiembre. Durante el asalto resultó herido en un muslo. Fue trasladado en avión a Pamplona e ingresado en el Hospital Militar, donde le visitó su mujer y sus dos hijos. Durante los días siguientes los diarios navarros le dedicaron cier­ta atención, recordando algunos de sus hechos de armas. Al mismo tiempo la fiebre le comenzó a subir, pero Crespo se negó a que le amputasen la pierna herida, que había comenzado a gangrenarse; posible mente porque esa misma prensa le daba información del avance de las fuerzas franquistas sobre San Sebastián y la que se consideraba inminentemente caída de Madrid y él anhelaba sumarse a las opera­ciones.
Crespo de Guzmán falleció el 1 de diciembre de 1936 tras dos intervenciones quirúrgicas.
En la mañana del 2 de diciembre sus restos fueron trasladados por tren a Zaragoza. La capilla ardiente quedó instalada en el Hospital Militar y al día siguiente fue enterrado en el cementerio de Torrero. Los restos mortales fueron conducidos en una carro­za fúnebre. Una compañía de su bandera le rindió honores y el féretro quedó cubierto con la bandera española, las de la Falange y La Legión y por encima de todas la tricolor colombiana.

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José Luis Crespo, militar y poeta,,hijo del Colombiano
Teniente coronel del Ejército de Tierra, acaba de obtener el Premio Rabindranath Tagore de Poesía
CARLOS G. SANTA CECILIA, – Madrid – 26/06/1984

José Luis Crespo, nacido en Zaragoza hace 51 años, no es, como podría pensarse, un, funcionario anclado a la mesa de un perdido despacho, sino un militar que conoce casi todas las facetas de su profesión y que no ha dudado en enfrentarse a “ciertas mentes añorantes del pasado”. Amigo de tertulias y exposiciones, pintor y autor de varios libros -por el último de los cuales ha obtenido el Premio Tagore-, confiesa que la poesía es su gran refugio, “la vuelta al útero materno”.
José Luis Crespo era un joven y atlético teniente de una unidad de elite -fundador de la segunda bandera paracaidista- cuando llegó a Las Palmas con las tropas que se retiraron de África tras la campaña de Ifni. Pensó que había llegado el momento de ampliar conocimientos y se matriculó, ante la sorpresa de sus compañeros, en una academia de arte para aprender a pintar. De familia tradicional militar -su padre fue un héroe del Ejército franquista que murió al mando de una unidad de la Legión en la toma de Irún-, confiesa que nunca hasta entonces había pensado ser otra cosa que militar. A través de la pintura, y posteriormente de la poesía, fue descubriendo “su gran refugio”.”Cuando durante algunos año he tenido que vivir en tensión diaria, he encontrado en la poesía, en la vida intelectual, mi útero materno, lo que en mi obra llamo ‘mar'”. Fruto de esta experiencia es su primer libro, Nuestros poemas, “que refleja las inquietudes de los militares demócratas en momentos difíciles”. Posteriormente ha evolucionado hacia una poesía simbolista, casi espiritual. En el vientre de los peces, La palabra reflejada (premio Rabindranath Tagore de este año) y un tercer volumen que prepara en la actualidad componen una trilogía dedicada al mar en la que el autor indaga en su interio buscando la imagen de sí mismo en lo que denomina “el laberinto de los espejos”.
Para Crespo, casado y padre de dos hijos, no hay contradicción entre el militar y el poeta. Considerado por sus compañeros como muy duro en el mando, su relación con la milicia ha sido siempre cordial, “salvo en épocas críticas recientes” en las que no ha dudado en reprimir “ciertas actitudes añorantes del pasado”. Está convencido de la supeditación de las Fuerzas Armadas al poder civil, siempre al servicio del pueblo español, y entiende que una sociedad conio la militar no puede permanecer envuelta en “papel de celofán”. “Con mi actitud y la de otros muchos compañeros tratamos de romper este papel de celofán que nos aislaba. Hasta ahora la actividad intelectual entre los militares, si bien no se despreciaba, se venía ignorando”.
Próximo a su jubilación, a Crespo le reconforta saber que pronto podrá dedicar todo el día a sus actividades artísticas, aunque deja la milicia “con gran dolor”. Entre los poetas contemporáneos elige a Vicente Aleixandre, Gabriel Celaya y Rafael Alberti, “que ha tocado todas las facetas de la poesía con maestría inigualable”; de los clásicos, a san Juan de la Cruz y santa Teresa, “que supo oponerse a la voluntad oscurantista que la zancadilleaba”. Su segundo libro, En el vientre de los peces, concluye: “Mi mano, la que ríe, se apodera de espejismos en la arena. / Mi otra mano, la que llora, se desgarra en el vientre de los peces. / Es un duelo permanente en torno a un cuerpo que gira. / Es un grito de luces anudadas en la sombra”.

CAMILO GUZMAN CABAL

EL
COLOMBIANO
1938
ESCUELA TIPOGRAFICA SALESIANA
BOGOTA
EDITORIAL EDICIÓN 2006
La colección escritos Legionarios desde su inicio a buscado en los libros casi desaparecidos de La Legión, una muestra de nuestra memoria histórica escrita.
Este nuevo libro que tienes en tus manos del autor Camilo Guzmán Cabal, relata la vida de un simple legionario que alcanzo el grado de Capitán. Soldados anónimos de distintas razas, creencias y naciones.
La epopeya africana es un pozo sin fondo para los novelistas de la época y para la propaganda del sector que los escribe.
La biografía de Crespo de Guzmán, refleja la vida del aventurero de la época, del cristiano profundo, del hombre rebelde pero resuelto a la lucha sin cuartel, de aquel que por convicción adquiere un compromiso y en este caso concreto con el Tercio de Extranjeros de Millán Astray, el Tercio de África.
Esta es una biografía de guerra, de las muchas guerras que a tenido España y sus Gloriosos Tercios y que con su sangre han empapado la tierra,de la mitad del mundo.

Paco Binaburo

EL ENGANCHE
En un rincón de la Provincia del Oriente cubano la amplia vega se halla cubierta por el verde rumoroso del cañadulzal. El sol lanza perpendicularmente sus rayos; en los bosques vecinos se oyen las monótonas chicharras. Allá lejos, las vacadas dispersas, el platanar, y cerrando el horizonte, una línea de palmeras.
Próximo, a un lado, el edificio del Ingenio: estamos en el Central Chaparro.
1921.
Entremos y busquemos al gerente. Es un joven alto y robusto, quizás cuenta 24 años. Tiene ojos pequeños, negros e inquietos, pero que miran muy hondo; sus movimientos son al mismo tiempo decididos y reposados; su cabeza preocupada y amarga deja adivinar que dentro le ruge un volcán.
Su acento es diverso del que le dan al castellano los habitantes de la isla y sus modales son elegantes y cultos.
Es colombiano; hará año y medio que salió fugitivo de su patria con el alma rota en pedazos. Había amado, entregándose con toda la franqueza de su corazón primaveral; burlado, había recorrido medio loco Venezuela, Haití, Santo Domingo, Puerto Rico, Estados Unidos, sin encontrar reposo, y buscaba en Cuba, con el trabajo rudo y absorbente de los campos, la calma que echara de menos su espíritu.
Recibido cariñosamente en esa tierra, pudiera vivir allí muchos años, para siempre, olvidado de todos, lejos de las estridencias del mundo… Pero su alma seguía agitada por hondas tragedias…
Incapaz de vivir en sosiego material cuando su espíritu era presa de fieras amarguras, lógico consigo mismo, un día abandonó el Ingenio y se dirigió a la Habana en busca de aventuras, y sobre todo de una muerte que le hiciera olvidar…
Allí vio en las calles grandes carteles con propaganda del Tercio Español, fundado el año anterior por el teniente coronel Millán Astray:
“Españoles y extranjeros — decían —: La Legión extranjera española es un cuerpo glorioso del ejército.
Los héroes de la Legión son héroes populares.
Aquí el soldado renace a una nueva vida de gloria, sacrificios y lauros.
Aquí se templa el espíritu del buscador de emociones, del aventurero, del militar de profesión.
En la legión encontraréis un nuevo hogar, una hermandad de caballeros, cien veces caballeros por ser cien veces heroicos!
Los que admiréis las glorias del guerrero; los que deseéis lugar de olvido, de redención, de lucha…
“¡La Legión os espera!”
Eso era lo que el colombiano buscaba. Una empresa de lucha, de redención, de olvido, donde los músculos y los nervios en continuo trajín absorbieran sus facultades y no le dejaran tiempo para el análisis; dónde la muerte adelantara su hora.
El joven se dirigió al Consulado español.
Vio las condiciones del enganche: estar comprendido entre los 18 y los 40 años, ser fuerte, varonil y apto para empuñar las armas. No se le pedía documentación alguna; podía dar el nombre que quisiera.
Sí; el claro nombre de sus padres jamás lo llevaría un soldado; su madre nunca había de saber que el primogénito de la familia había muerto en uno de tantos combates siendo oscuro mercenario de un ejército extranjero.
Era preciso adoptar un seudónimo, escoger un nombre de guerra. Y cuando en el consulado, la víspera de embarcarse firmó el pasaporte, su mano temblorosa escribió Carlos Angulo Rebolledo.
Esa rúbrica selló todo un pasado, y abrió al anónimo un porvenir heroico. La Legión extranjera lo acogía en su seno; España sólo le exigía ser buen legionario, y él iba buscando el dar la vida noblemente…
El 18 de septiembre de 1921, al amanecer, zarpaba un barco del puerto de la Habana. En él iban unos cuantos hombres resueltos a formar las vanguardias del ejército español en África.
La silueta del Castillo del Morro y las luces de la ciudad se fueron perdiendo en lontananza. Recostados en la borda los futuros soldados clavaban la vista en las costas lejanas.
Al esfumarse la tierra, Angulo Rebolledo gritó:
“¡Adiós América! ¡Viva la muerte y viva España!”.
Y todos contestaron a coro, decididos y entusiastas:
“¡Adiós América! ¡Viva la muerte y viva
España”.
El sol se levantaba en el horizonte…

Castillo del Morro en la Habana.
ÁFRICA
14 días de mar. 14 días en esa inmensidad ilimite; arriba, una bóveda que parece subir hasta lo eterno; abajo, la planicie inmensa que se confunde circularmente con la línea ascensional y quieta de ese templo gigantesco; en esa planicie, la agitación torturada de las olas que se empinan un momento cornadas de espuma para hundirse luego en abismos profundos y desconocidos. Y en esa profusión constante de olas que desaparecen, siempre el mismo penacho espumoso: siempre el mismo reflejo del sol viviendo por un instante en el dorso de la ola que se pierde.
Así es la humanidad: inmensidad ilimite; arriba, algo impalpable que asciende, asciende sin que sepamos basta dónde; abajo, la sucesión inmensa de los hombres que borra sus confines en las líneas imprecisas del pasado y del futuro; en ese mar humano, la agitación dolorosa de cada vida, de cada hombre, que surge un momento coronado de ilusiones, para perderse Riego, sin volver a levantarse, en el abismo de la muerte.
Angulo era una ola que bahía de hundirse en el mar sangriento de la guerra africana.
El 2 de octubre divisaron las primeras costas españolas.
Era media tarde cuando el barco fondeó en Cádiz.
Allí, bullicio, animación; oficiales peninsulares cariñosos y amigos.
El 4 por la noche zarparon de nuevo.
Al levantarse a la mañana siguiente, el mar se había estrechado; a la izquierda, un Peñón erguido: Gibraltar; a la derecha, una bahía tranquila de costa ondulante y blanca: Ceuta, la tierra africana.
El norte de África forma parte del Imperio Marroquí. Algunas tribus y cabilas han vivido sustraídas al dominio del Sultán, y aprovechando su cercanía a las costas de Europa, cometían en el Mediterráneo, especialmente en el Estrecho de Gibraltar, toda suerte de piraterías.
Hubieron de intervenir las naciones europeas. Francia, Inglaterra y España celebraron varios tratados desde 1822, que fueron sostenidos en el Acta de Algeciras de 1912; allí resolvieron realizar la internacionalización de Tánger, obligándose España y Francia a ejercer un protectorado civil sobre Marruecos, de acuerdo con el Sultán, para evitar el vandalismo, civilizar las tribus que lo cornetín y reducirlas a la obediencia del Majzhen. Tetúan fue la capital del Protectorado Español.
Harto dura ha sido la labor de España, ya por la naturaleza áspera del terreno, ya por las tribus belicosas que lo habitan. Largas luchas desde 1906 han consumido hombres y dineros. Notables caudillos moros, el Rogui, el Mizrhan, el Raisuni, y el último y más notable de todos Mohamed Abd-el-Krim se opusieron a la obra civilizadora, unas veces con la guerra, otras con la traición.
Abd-el-Krim logró sublevar el Rif, Bocoya, Gomara, Yebala y el Ajhmas, es decir, cuatro quintas partes del Protectorado. Ayudado por elementos europeos enemigos de España y Francia, organizó un ejército regular y llegó a emplazar cañones en Alcázar-Seguer para bombardear los barcos que cruzaban el Estrecho, obligando a prisioneros peninsulares a disparar contra sus mismos compatriotas e inmolándolos bárbaramente cuando se negaban a ello.
España agotó todos los medios pacíficos. Rindió tributo a la hidalguía legendaria de su historia dejando constancia de que sus fusiles se dispararon en África solamente cuando por no hacerlo pudiera recibir un calificativo menos honroso. Así se planteó la guerra.
Después de grandes triunfos y victoriosos avances vino el desastre de 1921, año en que empieza nuestra historia.
El 1 de julio fue muerta a traición en la posición de Arrarán más de la mitad de la tropa y oficialidad del general Silvestre. Este jefe, colocado así en situación desventajosa, sin víveres, sin municiones, sin agua, se sostuvo a fuerza de ingenio, de abnegación y de valor hasta el 17 de julio. Ese día parte de sus tropas fue totalmente cercada en Igueriben y, al querer romper el cerco, el mismo general estuvo a punto de ser copado. Imposibilitado para ayudarles, Silvestre autorizó al jefe de los sitiados para pactar con el enemigo, y el comandante de la infantería don Julio Benítez y Benítez, heroicamente respondió: “Los de Igueriben mueren, pero no se rinden”. Así fue: el 21 de julio, después de tres días de forzoso ayuno, se terminaron también las municiones, y aquellos infantes, calando la bayoneta, se lanzaron en lucha homérica sobre los 3000 moros que los asediaban. ¡Atacando murieron todos esos 70 soldados de España!
Al día siguiente Silvestre ordenó la retirarla del campamento de Annual, y mientras sus tropas salían, él permaneció calladamente en el poblado y con disparos de pistola contuvo largo rato al enemigo. Herido, todavía se rodeó de cadáveres; y cuando sus oficiales se dieron cuenta de la ausencia del general, Silvestre ya había muerto y su cabeza mutilada, enhiesta sobre el pendón, ensangrentaba la bandera de Abd-el-Krim. ¡Así cayó el general español!
Melilla quedó enlutada, conmovida por la magnitud de la catástrofe. El 23 de julio el enemigo estaba a sus puertas, después de ocupar el Gurugú que, las domina. La ciudad estaba abierta y la población era presa del pánico

LA LEGIÓN
¡Paso al Tercio! Yo he seguido vigilante y admirado su carrera victoriosa,
y he sabido
que una página gloriosa,
que Creyese olvidada,
con su aliento ha resurgido…
Estos hombres son aquellos de gorguera almidonada,
duro acero, capa roja, bolsa franca, genio abierto…
Son aquellos que en las Indias con Pizarro pelearon
Y un imperio conquistaron;
son aquellos de Pavía,
los de Oran y los de Flandes, los que suben hasta al cielo por los picos de los Andes cuando España era tan grande que su sol no se ponía…
Son aquellos campeones valerosos, generosos,
de Lepanto y Ceriñóla,
los varones portentosos
que cambiaron por completo a la tierra en española…
Son aquellos; ¿quién lo duda?
Son su ejemplo y su secuela;
los cachorros invencibles de Millán,
el noble manco; los hidalgos castellanos del llorado Valenzuela, de aquel jefe que su vida diera en aras del deber;
los intrépidos de Franco;
los lobeznos de Liniers..
¡Paso al Tercio/… ¡Paso a España!
Que no quede mano extraña
que se hurte al noble aplauso vigoroso
cuando pasen las banderas de esta gente enardecida…
¡Paso al Tercio, que es un río de heroísmo caudaloso!
¡Paso a España que es su aliento!…
¡Viva España que es su vida!…
(Cantares legionarios)
Surgió la Legión el 4 de septiembre de 1920 del espíritu impetuoso, medieval y altamente romántico de José MillánAstray y su segundo, Francisco Franco. Estos jefes imbuyeron en sus legionarios un misticismo guerrero casi sobrehumano que hace posibles todos los heroísmos.
Sus soldados son caballeros legionarios.
Rememorando las grandes y gloriosas tradiciones españolas del siglo XVI, el regimiento de la Legión se denominó Tercio, y el batallón bandera. Y no son sólo sus guiones y sus tambores de grave sonido los que evocan en el Rif, en pleno siglo xx, las campañas de Flandes.
Como en los viejos Tercios, el reclutamiento de la Legión se hace por enganche voluntario; en ella se mezclan todas las razas, los hombres de todos los países, los seres más multiformes en vidas, en antecedentes, en costumbres y en educación. La Legión necesita para nutrirse abrir las anchas puertas de su entrada no sólo a los fracasados de la vida, a los económicamente colocados al margen de toda empresa, sino también a los que perteneciendo a familias distinguidas, por consideraciones de orden superior, por desengaños, por entusiasmos juveniles, por espíritu guerrero quieren vivir ignorados del mundo, vistiendo el traje legionario que los identifica militarmente en una familia de héroes.
“En la Legión todos son hermanos; las glorias de uno son glorias de todos y las glorias de las Banderas pertenecen a todos sus miembros”. Encuadrados bajo la férrea disciplina militar, unidos en espíritu y en fe, en inagotable sed de gloria común, esos hombres, esos muchas veces oscuros desarraigados de la vida, han hecho de la Legión, sabiamente dirigidos por una entusiasta oficialidad, el cuerpo más brillante de la infantería española.
La Legión tiene orgullo de su lema: ¡Legionarios a luchar! ¡Legionarios a morir! Se lanza a la aventura cantando marcialmente, y su triple grito escalofriante de ¡Viva la muerte! precede todo avance.
Al año de creada, por sus primeras gestas heroicas fue citada en la Orden General del Ejército. Llovieron luego las citaciones para sus miembros.
A los dos años de fundada recibía la Medalla Militar. En el año siguiente, 1923, se le entregaba la segunda.
El 28 de julio de 1926 el Gobierno francés le concedía la Cruz de Guerra con palma de oro y la citaba en la Orden General de su ejército con estas palabras: “Magnífico regimiento que a órdenes de su heroico jefe el coronel MillánAstray ha ilustrado su bandera en todos los campos de batalla de Marruecos. Ha prestado al Ejército francés la ayuda más eficaz. Digno émulo de la Legión Extranjera francesa, es modelo esplendoroso de valor y espíritu de sacrificio…”.
El 5 de octubre de, 1927 los reyes le entregaron en el campamento de Dar-Riffien una bandera, en homenaje supremo al valor y a la hidalguía. Los legionarios desfilaron ante el soberano con la cabeza erguida y la victoria en la mirada.
El coronel Diesbach, comandante de la 4° brigada de Infantería del Ejército suizo, afirma: “Nunca he visto tropas tan firmes y aguerridas
como las Banderas de la Legión en campaña… La Legión es un Cuerpo escogido… El único reproche que puede hacérsele es su facilidad para el sacrificio…”.
Millán Astray, al crearla, plasmó su idea con inspirado arranque en él.

CREDO DE LA LEGIÓN
“El espíritu del Legionario. —
Es único y sin igual, es de ciega y feroz acometividad, trata de acortar siempre la distancia que le separa del enemigo y de llegar a la bayoneta.

El espíritu de compañerismo. —
Con el sagrado juramento de no abandonar jamás un hombre en el campo, hasta perecer todos.

El espíritu de Amistad. —
De juramento entre cada dos hombres.

El espíritu de Unión y Socorro.
A la voz de “¡A mí la Legión!” acudirán todos y defenderán al legionario que pida auxilio.

El espíritu de Marcha. —
Jamás un legionario dirá que está cansado basta caer desfallecido; así la Legión será el Cuerpo más veloz y resistente.

El espíritu de Sufrimiento y de Dureza. –
El legionario no se quejará de fatiga, ni de dolor, ni de hambre, ni de sed, ni de sueño; hará todos los trabajos; cavará, arrastrará cañones, carros; estará destacado, hará convoyes, trabajará en lo que le manden.

El espíritu de Acudir al Fuego. —
La Legión, desde el hombre solo hasta la Legión entera, acudirá siempre a donde oiga el fuego, de día, de noche, siempre, siempre, aunque no tenga orden para ello.

El espíritu de disciplina. –
Cumplirá su deber, obedecerá hasta morir.

El espíritu de Combate. –
La Legión pedirá siempre, siempre, combatir, sin turno, sin contar los días, ni los meses, ni los años.

El espíritu de la Muerte. –
El morir en el combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde.

La Bandera de la Legión. —
Será la más gloriosa, porque la teñirá la sangre de sus legionarios.

Todos los Hombres legionarios son bravos; cada nación tiene fama de bravura; aquí es preciso demostrar qué pueblo es el más valiente”.

Este Credo, como la sombra de una bandera gloriosa, se fue extendiendo sobre los caminos que pisaba la Legión.
Lanzado por primera vez al mundo el 28 de abril de 1920, era pocos años mas tarde, no un programa, sino una historia. El coronel MillánAstray, en su libro La Legión, escribió estas palabras, dignas de un escudo de piedra: “Cuando hube de organizar la Legión pensé cómo habían de ser mis legionarios, y habían de ser lo que son hoy”.
El 28 de junio de 1927, al ser ascendido a general el heroico mutilado, pudo decir a sus soldados:
“Caballeros legionarios”:
Al ascender hoy a general, mi primer acto y mis primeras palabras de gratitud son para vosotros, para nuestros gloriosos muertos y para los españoles y extranjeros que tan pródigamente derramaron su sangre en la Legión. Es día para mí de inmensa alegría en que se ven colmados con creces mis entusiasmos y mis anhelos, pues la faja de general me la concede el rey a propuesta de su Gobierno, aprobando la petición de nuestro general en jefe, y estando yo a la cabeza de la Legión.
Fundé la Legión y tomé el mando de ella el día 4 de septiembre de 1920; dicté su Credo, que habéis cumplido fielmente:
El espíritu del Legionario, de bravura y acometividad, lo tenéis sellado en 845 hechos de armas;
el espíritu de Compañerismo, en el amor indestructible que a todos nos une;
el de Amistad, con infinitas pruebas de ella a través de la nula vida que llevarnos;
el de Unión y socorro y de acudir al fuego, demostrado en haber acudido en todas las ocasiones llenos de fe y de entusiasmo, y en haber vencido siempre, ostentando como timbre glorioso el socorro de Melilla en 1921 con nuestros primeros hechos de armas;
el espíritu de Marcha, puesto a prueba en todo momento, ya que en avances épicos cumplieron el Credo de seguir marchando hasta morir por el cansancio, 18 legionarios;
el espíritu de Sufrimiento y de dureza, excelsamente manifestado en cuantos combates habéis tomado parte y en la lucha cruel con los elementos de la naturaleza; sirviendo de blasón el recuerdo de los legionarios que perecieron envueltos en la nieve en el Magot y en Imasinen;
el espíritu de Disciplina sellado por Valenzuela y mil otros bravos que obedecieron hasta morir;
el espíritu de Combate, gloriosamente escrito con los triunfos en que habéis tomado parte, todos sellados con nuestro lema de “¡Victoria o muerte!”; con el clavar firmemente las banderas de la Legión en las posiciones enemigas de Melilla, Alhucemas, Tetuán y Larache, y con las 8081 bajas que marcaron en África el paso de nuestros Tercios;
el espíritu de la Muerte, con que damos gozosos los vivas de la Legión, cuando aquella se acerca para concedernos el supremo anhelo de entregar la vida por la Patria y la Legión;
la gloria de la Bandera legionaria, que ya esta no solamente teñida, como lo ordena nuestro credo, sino empapada en nuestra propia sangre;
y la Bravura de los hombres legionarios, que se ve reconocida en los laureles con que se adornan nuestros guiones: Dos Medallas Militares y Cruz de Guerra francesa.
En el cumplimiento de este Credo destacase el nombre de Valenzuela, significativo de gloria; el de Franco, sinónimo de valor e inteligencia; el de Liniers, que abrillantó la nobleza de su ilustre apellido; y forzado me es el deciros que también abráis de acordaros del de Millán-Astray, que si bien no pudo alcanzar titulo alguno, en cambio os dio fiel prueba del espíritu legionario yendo con vosotros hombro a hombro en 62 combates y dejando como recuerdo y compañía a los que cayeron para siempre, su brazo izquierdo y su ojo derecho enterrados junto con ellos.
Siga su marcha heroica La Legión Gloriosa; témplense los espíritus ante su nombre; busquen guía para su conducta los que quieran llamarse legionarios, practicando su Credo con igual firmeza, e inspirando todos los actos de su vida militar y ciudadana en el culto al honor, culto al valor, culto a la cortesía, culto a la patria y culto al rey.
Yo os prometí los laureles de la gloria militar y que el legionario que fuera merecedor podría llegar hasta Capitán de Legionarios; vosotros jurasteis: Amor a la Patria, lealtad inquebrantable a nuestro Rey y fidelidad hasta la muerte a la Bandera de la Legión;
¡todas nuestras promesas y juramentos los hemos cumplido fielmente!
Ahora, con voz vibrante y con mi gorro que jamás: abandonaré en alto, en mi mano derecha;: grito hoy, con toda mi alma, como grité en Nador, en el Ajhmas, en él ¡Fondak de Ain Yedira, y Kuidia Talhar, ante mis nueve Banderas, mi Escuadrón de Lanceros y mis Planas mayores:

¡Viva España! ¡ Viva el Rey!
¡Viva la muerte! ¡Viva la Legión!”
Esa es la historia de la Legión Española.

EL SOCORRO DE MELILLA
Volvamos a julio de 1921.
Melilla, sin guarnición, o lo que es peor, con unos cuantos soldados fugitivos, que iban llegando llenos de pánico, estaba a merced del enemigo.
Las únicas tropas de reserva, las de la Legión extranjera, se adiestraban en Rokba-el-Gozal, en el interior marroquí, al otro lado de Tetuán, preparándose para sus futuros combates.
El Campamento de Ilokba está tranquilo y en silencio. Serán las once de la noche del 21 de julio.
En el barrancón del Estado Mayor suena con insistencia el teléfono. Más tarde, luces encendidas, ordenanzas que calladamente se pierden entre las sombras, oficiales inquietos que accionan nerviosamente y discuten a media voz.
A las dos de la madrugada se oye el toque de diana, y se trasmite la orden:
— Recoger tiendas y en marcha hacia el Fondak.
Hora y media después sale la Primera Bandera. Avanza entre bosques incultos, sube pedregosas colinas, baja de nuevo al profundo de los barrancos. Amanece; al subir el sol el día se anuncia bochornoso, y al fin se hace asfixiante; las tropas no detienen su paso.
A las doce un pequeño descanso mientras se reparte el rancho fiambre, y de nuevo la marcha por montañas desnudas, entre pedregales resecos y sin sombra.
Los soldados desfallecen. Millán-Astray y sus oficiales, dando ejemplo, van a pie, y en los caballos montan los débiles y enfermos.
En silencio, sin una queja, como sombras tambaleantes, aquellos hombres se arrastran materialmente. Uno…, tres…, seis…, ocho…, caen esa tarde agotados, y mueren en pocos instantes a consecuencias de la insolación… Envueltos en una manta se les coloca sobre los mulos de carga, y se prosigue el camino.

No hay remedio: ¡adelante!
A las cuatro de la tarde un nuevo descanso, y avanza otra vez la tétrica procesión.
Cae la noche. “El Fondak parece perdido en un infinito imposible”.
A cada riachuelo las tropas se arrojan delirantes sobre las aguas; y refrescan las fauces resecas.
Viene la brisa, pero pronto se convierte en tempestad, y entonces hay que luchar con el cansancio y resistir también al huracán.
Por fin, a las diez, unas luces en la lejanía. Todos gritan:
— ¡El Fondak!
Y con las últimas energías se domina la ultima cuesta, áspera e interminable.
Una vez arriba, nadie aguarda la comida; nadie se preocupa de extender las carpas. Los legionarios se dejan caer en las cunetas y duermen.
A media noche comienzan las llamadas urgentes de Tetuán. Con la aurora se empieza de nuevo el camino. Tal es el cansancio que nadie oye las cornetas de diana, y hay que levantar a los soldados uno a uno.
A las tres de la Mañana salen del Fondak y a las ocho entraba la Bandera a la estación de Tetuán.
Montan inmediatamente en el ferrocarril en dirección a Ceuta. Allí les aguarda el barco que ha de trasladarlos a Melilla, cuyo frente se derrumba minuto por minuto. ¡Todavía tardaran en llegar un día y una noche!
Los fuertes legionarios, al entrar en Tetuán parecían cadáveres salidos del sepulcro. Sí.
Habían salido del desierto abrasador en treinta y dos horas de marcha continua bajo el sol africano. Pero al acercarse al puerto de la ciudad amenazada, ya descansados y limpios, eran otra vez los legionarios gallardos, alegres, animosos que salieran de Rokba-el-Gozal.
El 21 de julio, la gente, ansiosa, esperaba en el muelle. El Ciudad de Cádiz, majestuoso, rompe las olas. Los legionarios, formados sobre cubierta, entonan himnos marciales, mientras la brisa besa los guiones abiertos.
El barco atracó. Millán-Astray, puesto en pie sobre la borda, con voz dominadora, de héroe iluminado, hizo renacer en todos los pechos la confianza; juró fieramente ante la muchedumbre que aquel puñado de caballeros que constituían la Bandera Legionaria no volvería a sus lares con vida sin haber vengado la traición rifeña y castigado el agravio hecho a la Patria.
Al terminar, sus legionarios todos, levantando el gorro militar en la mano derecha, contestaron gravemente:
— ¡Juramos!
Y comenzó el desembarco.
Descendieron sonrientes, marchando airosamente, pisando fuerte, llevando la cabeza alta y moviendo resueltamente los brazos.
Luego, con las banderas desplegadas al viento, el canto en los labios, al compás de tambores y clarines, desfilaron por Melilla los legionarios, arrancando de todos los pechos el primer rugiente ¡Viva la Legión!, que retumbó como un cañonazo en el campamento enemigo.
Esa misma tarde plantaban sus tiendas en las avanzadas del Gurugú. ¡La Legión comenzaba su vida heroica!
Dos meses y medio después, el 7 de octubre, el colombiano Carlos Angulo Rebolledo formaba en sus banderas como soldado raso

BAUTISMO DE SANGRE
A medio camino de Ceuta hacia Tetuán se halla el Campamento y gran Cuartel de Dar-Riffien.
Lo separa de Ceuta el fragoso y próximo Macizo de Cabo Negro, que oculta a Sierra Bermeja, el Valle de los Castillejos y Sierra Bullones; ésta última por el abrupto Boquete de Anghera rompe en el Serrallo y abre las puertas de Ceuta, el famoso presidio español.
Por el lado de Tetuán, en primer término el Valle con sus magníficos huertos; los dos morros, centinelas adustos de la ciudad: la Torre del Gelelí y la Alcazaba, y atrás, majestuoso y lejano, el Atlas vestido de nieves, que por su altura prodigiosa sobre el Mediterráneo, su talla imponente y su escalonamiento hacia los cielos dio lugar a que los antiguos lo personificaran en sus fábulas mitológicas congo nervudo gigante que sobre sus hombros recogidos sostuviese impasible todo el firmamento.
Al norte, el Mediterráneo azul, que trae entre sus olas los aromas de la Patria, y al sur, mas allá de los montes, Fez y las primeras arenas del desierto.
El cuartel está edificándose a orillas de Guad-el Jelú, y confunde sus campos de cultivo, en alegre variedad, con los talleres, la vaquería, los picaderos y las caballerizas.
En la noche del 7 de octubre, al compás de los tambores entraba en el Campamento el primer contingente de voluntarios llegados de América; ese día habían vestido por primera vez, en Ceuta, el traje legionario.
El Atlas se iluminaba de cuando en cuando por lejanos relámpagos de tempestad.
Al día siguiente, Angulo Rebolledo fue escogido por el Capitán don Pedro Jareño Hernández para formar parte de la 16.ª Compañía Cuarta Bandera de reciente creación.
“Debido a su fuerte naturaleza, fue nombrado camillero, sufriendo con ello una gran contrariedad pues tenía la ilusión de empuñar cuanto antes un fusil; así lo pidió reiteradas veces a sus Oficiales, pero fue en vano”.
“Después de diez días de instrucción, el 19 de octubre salió para Tetuán con su unidad; el 20 pernoctó en Aix-Xera y el 21 llegó a Uad-Lau después de una dura marcha por caminos casi intransitables. Era la primera vez que hacía una jornada a pie” (1).
En el campamento de Uad-Lau hace doce días se encuentran el Jefe del Tercio y la Segunda Bandera.
Allí, Angulo conoció a su Coronel en circunstancias que perdurarán con sus recuerdos legionarios.
El 21, al anochecer, una patrulla avanzada se retiró al campamento dejando en poder del moro siete cadáveres.
Esto iba en contra del reglamento y de la disciplina, que ordenaban lacónicamente: “Muertos o heridos, todos deben volver, oficiales y soldados”.
En la mañana del 22, Millán-Astray reunió a sus hombres, recordóles el Credo legionario, enardecióles noblemente y les mandó salir a reconquistar los muertos.
Partieron los legionarios. Fue dura su brega.
Al atardecer volvían orgullosos, trayendo en marcial cortejo los cadáveres.
Entraron en la plaza del Campamento. Millán-Astray con sus oficiales, y la Cuarta Bandera, recién llegada, rindieron honores.
Se colocaron los muertos en sus camillas, frente a la tropa; estaban ya descompuestos por el ardiente clima africano e impregnados de emanaciones insufribles.
Millán se adelanta reposadamente; se inclina, y una a una fue besando aquellas siete frentes gloriosas. En la suave oscuridad del crepúsculo, con su porte altivo y guerrero, parecía el espíritu de España que acariciara los despojos sangrientos de sus mártires.

Volvióse luego a los soldados, y les dijo sencillamente:
— La Patria ama al legionario, lo mismo vivo que muerto.
Angulo clavaba sus ojos en el Jefe. Ante la intensidad de su mirada, Millán-Astray volvió la cabeza; en un momento aquellas dos almas se entendieron. El uno era simple soldado; el otro, oficial; pero el ritmo de sus corazones era idéntico y sus caballerescos ideales se fundían…
Al día siguiente, 23 de octubre, Angulo asistió con su Compañía al combate que tuvo lugar entre las posiciones de Káseras y Monte Magán.
Se trataba de colocar un blocao, tienda de campaña fortificada, para contribuir más fácilmente al sostenimiento de la última posición, de inapreciable valor estratégico, pero asediada por numerosísimo enemigo.
Asaltando una trinchera mora cayó herido el Capitán Jareño, y correspondió a Angulo Rebolledo retirarlo del combate, lo que ejecutó impasible, entre vivas a la muerte, bajo el intenso fuego marroquí.
Amaneció el 21 de octubre.
El cerco de Magán se estrechaba, y era necesario romperlo cuanto antes pues las municiones debían escasear entre sus defensores.
Los moros, admirablemente colocados, defendidos por dobles trincheras, esperan el avance de las fuerzas legionarias.
Profundo silencio. La avanzadilla española es un montón de piedras. Allí se oculta un puñado de valientes; allí está Angulo, entre los que se ofrecieron voluntarios para lanzarse los primeros, a pecho descubierto, sobre las líneas enemigas.
De repente saltan los legionarios y avanzan, gallardos, impetuosos, en campo abierto.
Entre sus gritos de combate resuena uno que hasta entonces jamás se oyera en Marruecos. Es una voz potente, bien timbrada: “¡ Viva Colombia! ¡ Viva España! ¡ Viva la Legión!” Es Angulo que lanza por primera vez su grito victorioso; él le traerá el sobrenombre pleno de gloria de el colombiano con que se le conoció siempre en el ejército español. ¡Es Angulo que va en busca de la muerte!
Tras de los voluntarios se lanzarán las tropas.
Los jefes aguardan el momento oportuno.
Los marroquíes no disparan aún un solo tiro. Solamente cuando los primeros atacantes llegan al pie de las trincheras, rompen violento fuego en toda la línea. El combate se generaliza; es durísimo. ¡Medio millar de bajas españolas al coronar la victoria!
En la primera trinchera, el Teniente Teijero, al mandar a su Sección lanzarse a la bayoneta, se vuelve airado porque no lo siguen más que tres o cuatro… El resto ha caído ya en la lucha.
En la segunda, Angulo, el primero, sube sobre el parapeto; “valeroso y sereno, como dice un testigo, demostró un principio de su mucho valor…” (2).
Desde allí lanzó con brazo nervudo sus bombas de mano, y luego, calando la bayoneta, saltaba ya al otro lado, cuando cayó sobre la misma trinchera con el pecho atravesado poruina bala. Su último grito quedó suspenso: — ¡Viva Colombia! ¡ Viva … !
¡Al fin! ¡ Era la muerte! ¡Si su postrer viva repercutiera en las soledades del Caucal… (3).
Pero la muerte no había llegado todavía.
De allí le recogieron sus compañeros y fue trasladado al hospital Militar de Ceuta, en donde soportó estoicamente una cruenta operación.
En sus momentos de delirio sólo hablaba de combates, de avances, de victoria; lanzaba su grito de guerra y sus vivas a la muerte. ¡Había sentido una vez la poesía sangrienta de la batalla! ¡Ya sólo vivía para luchar, para realizar epopeyas!
En el Hospital lo visitó Millán-Astray, a quien habían hablado de un legionario herido, digno y valiente. Allí reconoció aquellos ojos brillantes que viera la noche del beso a los muertos…
Por su valor en los dos hechos de armas, se le ascendió a Cabo Efectivo, se le citó en la Orden del día de la Legión y se le concedió la Medalla de Sufrimientos por la Patria con pensión vitalicia (4).
¡Llevaba sólo dieciocho días de cuartel y dos de campaña!
(1) Hoja de servicios, página 12.
(2) Hoja de servicios, página 13.
(3) Carta suya del 10 de octubre de 1925.
(4) Hoja de servicios, página 14; Orden de la
Legión de 26 de diciembre de 1921;
Real Orden de 6 de mayo de 1924;
Diario Oficial, número 150.

UNA DEFENSA Y UN ASALTO 1922
El 1º de enero de este año, Angulo se hallaba todavía en el Hospital, impaciente a causa de su forzosa inactividad. Sabiendo que su Bandera había salido de Dar-Riffien para tomar parte en las operaciones de Dras-el- Aseff y colocar blocaos en las estribaciones del Ajhmas, pidió instantáneamente que le dieran de alta.
Lo logró, y al día siguiente, no curado del todo de su grave herida y muy débil, se incorporó a las tropas en Xauen, la Ciudad Sagrada del Norte africano (5).
7 de enero. Mandando una escuadra, asiste a la colocación de los puestos fortificados de Sugna y Babba.
Conseguido el objetivo empieza el repliegue de las fuerzas hacia Xauen, y la 16ª Compañía lo protege en extrema retaguardia.
El enemigo hostiliza violentamente; llega hasta lanzarse al arma blanca sobre las tropas.
Entonces resuena un “paso de ataque”, coreado por los soldados con su lema: “¡Legionarios, a vencer! ¡Legionarios, a morir!”.
Angulo, enfermo, recobra toda su vitalidad juvenil; es el guerrero de rostro relampagueante y mirada fiera; respira pólvora. Sus hombres lo siguen entusiastas. Su escuadra resiste firme, rodilla en tierra, el ataque, y luego desbarata, en arremetida salvaje, las bordas marroquíes.
Por su labor arrojada y valiente en esta acción, se le concedió la Cruz Boja del Mérito Militar (6).
El 15 de enero, su herida no bien curada se había abierto, y hubo de ser trasladado otra vez al Hospital Militar de Ceuta. Allí permaneció hasta el 2 de marzo, fecha en que se le dio de alta definitivamente.
Incorporado a su Compañía en Dar-Riffien, permaneció sin vicisitudes, salvo los servicios de campaña, hasta mediados de octubre (7).
El 16 de este mes embarcó con su Bandera para Melilla, y el 22 emprendió la marcha hacia el sector de Dar-Quebdani, para sujetar la cabila de Ben-Tieb que auxiliada por Abd-el-Krim se había sublevado.
El 23 y 24 se tomaron los desfiladeros y picos que rodean a Ben-Ulixek, y tuvieron que detenerse las tropas debido a la potente concentración de moros y sobre todo al fuego de los cañones que les dominaban a lo largo del camino basta Nador.
Reunióse el 25 de octubre toda Bandera en un agrio monte cercano a Ben-Tieb. El jefe, Comandante Franco, pidió voluntarios que en sorpresa nocturna tomasen los cañones, y tal era el espíritu militar de aquellos hombres, que toda la Bandera dio un paso al frente.
— ¡ Viva la Legión!, gritó Franco emocionado.
— ¡Viva la Legión!, contestaron los soldados entusiastas.

Fueron elegidos dieciocho hombres; entre ellos Angulo Rebolledo.
Al filo de la media noche partieron en silencio. Corno sombras rodearon el monte.
Avanzaron por la cañada vecina. La vanguardia divisó a dos escuchas.
Angulo y otro legionario, Segundo Plasencia, se adelantaron cautelosamente, y a una, en tremendo salto, se lanzaron. Angulo cayó sobre el pecho del moro como lo hiciera un tigre en acecho. Con la mano izquierda le aprisionó la garganta, y al mismo tiempo le clavó el cuchillo en el corazón. Lo mismo hizo Plasencia con su contrario.
No se oyó un grito. Todo quedó en silencio. La misma tierra africana no se dio cuenta de la caída de sus hijos. El camino de los cañones estaba abierto. Se prosiguió el avance.
Una hora después se acercaban a Nador. Sobre el cerro árido, bajo un gran reducto de piedra y tierra pisada, estaban los cañones. Al pie de ellos, envueltos en sus blancos albornoces, dormían una docena de moros. Un centinela estaba a la puerta del reducto, y otro sentado en el suelo unos cincuenta pasos adelante, en medio de la explanada.
La luna clara bordeaba en blanco los contornos superiores de los objetos…
Pecho por tierra, los legionarios se fueron arrastrando. Quince minutos después caía el primer centinela, silenciosamente, con una cuchillada en el corazón. En su lugar quedó un legionario, cubierto con la túnica árabe y ceñido el turbante.

Más tarde, el centinela del reducto moría entre los férreos brazos de Angulo. Era el momento decisivo. El menor ruido, y los moros despiertos llamarían; los voluntarios serían víctimas del Raisuni. Por eso la táctica de los asaltantes era aferrar por la garganta para evitar el grito de alarma.
El centinela lentamente cayó al suelo, sostenido deliberadamente por Angulo, y el peso de éste sobre su cuerpo evitó las últimas convulsiones.
Los moros sólo despertaron al sentir sus gargantas atenazadas por los legionarios. Momentos después estaban amordazados, y con una linterna hacía Angulo las señales de éxito al campamento español.
Al amanecer, las tropas de Franco avanzaron sobre las posiciones moras. Al mismo tiempo, se izaba en el reducto la bandera legionaria. Los cañones dispararon, y los marroquíes, viéndose entre dos fuegos, rindieron las armas.
El 28 de octubre, los legionarios ocuparon a Tizzi-Assa, posición magnífica “en la cima de un monte descarnado y bravío, con proa afilada de acorazado”.
“El 5 de noviembre asistió Angulo con su Compañía a la ocupación de Sidi-Mesaud; en el desarrollo de esta acción formó parte de la vanguardia y después de ocupar el objetivo, cooperó a fortificar las alturas de Sidi-Mesaud e Yzurnar; el día 23 quedó destacado con su compañía en dichas posiciones, sufriendo fuego constante del enemigo hasta el 2 de diciembre, día en que relevada aquella por otra Unidad, regresó al Campamento general de Dar-Quebdani, en donde prestó servicios de campaña hasta el día 16 de mayo de 1923 (8)
(5) Hoja de servicios, página 14.
(6) Real Orden de 16 de agosto de 1921.
Diario Oficial, número 183.
(7) Hoja de servicios, página 14
(8) Hoja de servicios, página 15.

SIN LOGRAR MORIR…
1923.
En mayo de este año, la situación en el frente de Tizzi-Assa empeoraba.
Cada convoy había de sostener un fuerte combate y volvía al Campamento de Tafersit cargado de cadáveres.
Poco a poco el enemigo se fue situando en posiciones estratégicas. A mediados del mes era casi imposible el acceso a la cima hostilizada día y noche por la fusilería y los cañones; sitiada con frecuencia, Tizzi-Assa se sostenía sobre charcos de sangre por un prodigio de heroísmo.
Para lograr un éxito decisivo se organizaron varias columnas de cuyas vanguardias formaban parle la Primera, la Segunda y la Cuarta Banderas de la Legión.
Angulo Rebolledo entró en fuego desde el 16 de mayo.
Copiamos de su hoja de Servicios, Pág. 15:
“Los días 28, 29 y 31 de mayo, tomó parte activa en las operaciones que se efectuaron para levantar el cerco que los moros, perfectamente organizados, habían puesto a todas las posiciones del sector de Benítez y Tizzi-Assa, y llevar víveres y municiones a dichos blocaos. Todos esos días sufrió fuego del enemigo, especialmente el día 29 en que entró a la bayoneta para ocupar unas trincheras situadas entre Benítez y Vernos, distinguiéndose en todo momento por su valor y serenidad”.
Mandaba en ese entonces la Legión el Teniente Coronel Rafael Valenzuela Urzáiz, porque Millán -Astray bahía vuelto a la Península para restablecerse de sus heridas.(aquí el autor se permite una licencia al uso pues Millán avía dimitido como jefe de la Legión)
Era Valenzuela alto y fuerte, de recia fisonomía. Formado en la heroica oficialidad africana, con el corazón prendado del Rif, no había podido vivir en su noble casa madrileña mientras sus compatriotas peleaban en Marruecos. Voluntario de la guerra, había pedido formar en el Tercio. Alfonso XIII le nombró entonces, “como uno de los mejores soldados del Ejército”, Jefe de la Legión. “Era un señor con la pistola al cinto, y la empuñaba sólo en las horas críticas, como un cetro. Su valentía tenía una elegancia deportiva”. Era un carácter: un hombre, un héroe.
Disfrutando de corta licencia estaba en Madrid, y conocedor del peligro de un descalabro en Tizzi-Assa, apresuradamente se trasladó al África.
Llegó al Campamento el 4 de junio.
Inmediatamente se puso a órdenes de su Coronel.
Este, poco informado de la astucia mora, creía no encontrar resistencia, pues algunos caídes le habían hecho saber que las tropas árabes estaban desmoralizadas. Así, ordenó a Valenzuela que a la mañana siguiente ocupase a Peña Tahuarda. El Jefe del Tercio dudaba mucho de la sinceridad rifeña, pero el Coronel insistió. Valenzuela, momentos después, salía tranquilo y resuelto a cumplir el Credo legionario de “obedecer hasta morir”.
Esa misma noche, a las dos entró a la tienda del capellán y arrodillándose a su lado, le pidió:
-Padre, confiésenle, pues dentro de pocas horas voy a morir.
Estaba sereno. Era el Jefe del Tercio; el verdadero, piadoso y fuerte soldado español.
Quinientos metros al oeste de Sidi-Mesaud, se destaca Peña Tahuarda. Para llegar hasta ella había que dominar a Loma floja y descender luego al barranco que, como una trinchera natural, se extiende desde él pié de Tahuarda hasta el Cerro del Iguemiren. Era el baluarte más defendido por el enemigo.
Con la aurora salían para Tahuarda Valenzuela y sus Banderas.
A poco de penetrar por el barranco encajonado, el moro, invisible, rompió un fuego nutrido y constante. El terreno era muy quebrado y el avance difícil y sangriento. En Benítez se detuvieron las tropas, pero allí no se podía permanecer porque el número de las bajas aumentaba por momentos; ceder el campo era volver derrotados, y “¡el legionario vence siempre, nunca retrocede!”.
Valenzuela, con la pistola en una mano y en la otra su gorro legionario se lanzó al asalto al grito de “¡Viva la Legión! ¡Adelante!”.
Detrás de él, iba el primero Angulo.
El Jefe se adelantó hacia la, muerte con la sonrisa varonil en los labios y cayó… Cayó tan cerca de las defensas rifeñas que reconquistar el cuerpo era tomar las posiciones.
Angulo avanzó. “¡Por nuestro Jefe, legionarios! ¡Viva la muerte! ¡Peña Tahuarda es de España!”. Y la Legión siguió adelante.
Un diluvio de balas diezmó a los asaltantes; todas respetaron a Angulo, que abierta la camisa, se lanzaba sobre ellas. Sólo dos gumías le rozaron ligeramente; las gumías de dos de los muchos moros que cayeron a sus pies.
En Peña Tahuarda quedó clavada la bandera española.
Allí mismo, el Comandante de su Bandera, Franco, lo ascendió a sargento.
Roto el uniforme, manchado de sangre, Angulo contemplaba envidioso el camino sembrado de cadáveres… ¡Y él iba en busca de la muerte… y la muerte no venia!…
Por Real Orden de 23 de agosto (9) se concedió a la Legión Extranjera el distintivo de la “Medalla Militar” por los combates del 28 de mayo a 5 de junio. Y entre los miembros del Tercio, fue escogido el Sargento Angulo Rebolledo para que la llevara en la guerrera.
La “Medalla Militar” es la segunda condecoración española; sólo la antecede la “Laureada de San Fernando”.
“El 7 de junio de 1923, asistió Angulo con su Compañía a un reconocimiento de exploración habiendo sostenido fuego con el enemigo.
El 22 de agosto del mismo año, salió destacado para Tizzi-Assa y, el 23 desplegado en guerrilla a unos setecientos metros de la posición para hacer un reconocimiento ofensivo y alejar a los moros que construían una mina para volarla; después de encarnizado combate regresó a Tizzi-Assa.
A partir del 27 de agosto permaneció en varios campamentos y posiciones, prestando servicios de campaña, sin entrar en acción, hasta marzo de 1924″ (10).
(9) Diario Oficial, número 185.
(10) hoja de servicios, página 16.

“¡VIVA LA MUERTE!”
Otra vez Tizzi-Assa estaba en peligro. Otra vez el adusto pico había sido cercado por la morería. A libertarlo marcharon de Ben-Tieb los legionarios el 4 de marzo de 1924.
El conjunto de las fuerzas es mandado por el Teniente Coronel Franco, nuevo Jefe de la Legión. Angulo forma en la sección que a órdenes del Teniente don Felipe de Camps Casanova, hijo del Marqués de Camps, se halla en extrema vanguardia.
De nuevo ha de sentir las emociones de la batalla; se lanzará decidido entre las balas y las gumías buscando libertarse con la muerte, que en lo mas encarnizado del combate ondea a sus ojos como un pendón ansiado que se ha de alcanzar a fuerza de valor y de energía.
El 7 de marzo se estableció contacto con el enemigo, reforzado constantemente por núcleos numerosos, que, bajando de las crestas de Ifernim, se le incorporaban aprovechando los agrestes barrancos del terreno.
Era necesario tomar las trincheras del este, para impedir así la concentración de las harcas.
El Teniente Camps ordenó el asalto, pero fue herido por dos balazos que le impidieron continuar al frente de sus fuerzas.
Tomó inmediatamente el mando el Sargento Angulo Rebolledo, quien diestramente distribuyó sus hombres y se abrió camino con bombas de mano.
Era la primera vez que le cabía toda la responsabilidad en una acción importante. Los soldados, a su voz, se lanzaron con la bayoneta calada.
Ante los ojos de Angulo desfilaron recuerdos del pasado: había hablado muchas veces; marchas, rodeado de popularidad, había sido aplaudido y
había dominado las multitudes. Pero jamás había sentido tanta emoción como al ver a ese puñado de hombres lanzarse, en épico avance, al triunfo o a la muerte, obedeciendo su orden. Más tarde escribirá sobre este asalto: “¡Esto es grande, es único! ¡Sí; las mayores glorias y emociones están en la guerra!”
El Jefe de la Legión, Franco, desde Loma Roja seguía con su anteojo el ataque.
Cuatro veces vio que los infantes españoles arrojaban al moro de la trinchera; otras cuatro, que eran rechazados hasta el parapeto. Era una lucha titánica cuerpo a cuerpo. Angulo, con su cuchillo y pistolas rodeábase de muertos. A veces, cercado de gumías, parecía a punto de caer, pero luego, lanzando su grito ya legendario, “¡Viva Colombia! ¡Viva España! ¡Viva la Legión!”, arremetía como una tromba regando la trinchera de cadáveres.
En dos ocasiones quedó solo en el reducto. Otras tantas volvieron en su auxilio los Tercios Legionarios.
Franco, admirado, decía a sus ayudantes: ¡Es un milagro que el colombiano no haya muerto!
Herido, conservó él, mando y arremetió por quinta vez con sus hombres. Cuando los asaltantes lograron plenamente el objetivo, Angulo iba a la cabeza, fiero y soberbio, a pesar de que tenía una bala en el pulmón izquierdo y tres bayonetazos en el pecho.
Franco lo visitó en las ambulancias y lo ascendió a Sub-Oficial. Ángulo, en medio de la fiebre, trató de incorporarse y respondió solamente:
— Gracias, mi coronel. ¡ Viva la muerte!
Su ascenso fue aprobado por el Excmo. Señor Comandante General de Ceuta y publicado en la Orden del día de la Legión del 31 de mayo de 1921.
Además, se le citó en la Orden General del Ejército del 27 de agosto de 1925 con las siguientes palabras: “Se distinguió notablemente por su valor y arrojo al tomar a la bayoneta las trincheras enemigas situadas en el barranco número 7 de Tizzi-Assa, habiendo quedado gravemente herido, a pesar de lo cual conservó el mando de sus fuerzas hasta que fue retirado”.
Ganó la Cruz hoja del Mérito Militar y la Medalla de Sufrimiento por la Patria con pensión vitalicia (11).
“El 9 de marzo ingresó en el hospital Docker de Melilla con motivo de la herida recibida el 7. Permaneció allí hasta el 9 de mayo, en que sin estar curado del todo pidió el alta para asistir a nuevas operaciones (12).
En los alrededores de Sidi-Mesaud se concentraban las tropas desde los primeros días de mayo de 1924.
Era esta posición la llave que abría definitivamente a las columnas españolas la entrada en el territorio de Abd-el-Krim.
Una abrupta sierra que parece tallada a golpes de gigantesco cincel, y hendiduras profundas por las que desbordan en invierno las aguas, rodean un vallecillo hermoso y feraz, verde esmeralda engastada en el oro macizo del desierto.
El 9 de mayo se iniciaron las operaciones; los moros, en multitud formidable y bien atrincherados, habían jurado oponerse hasta morir a la violación del territorio de su Jefe.
Este primer día fue de tanteo. Intervino únicamente la Tercera Bandera, que consciente del sacrificio, escaló los primeros picos, ocupando resueltamente, con grandes pérdidas, los objetivos señalados por el mando.
El día 10 fue el definitivo: durante la noche anterior, el resto de la Legión llegó calladamente hasta los sitios ocupados por la Tercera Bandera, dejando prendidas las fogatas en los lagares donde antes acampara.
Una vez allí, se izaron materialmente los carros de asalto, y a media mañana se comenzó el avance sobre el valle por dos Compañías de la Segunda Bandera, apoyadas inmediatamente por otras dos de la Tercera y Cuarta.
En medio del combate los carros de asalto tuvieron que detenerse ante un profundo barranco. Las fuerzas legionarias no por eso suspendieron el ataque; avanzaron por el valle, ocuparon posiciones, resistieron formando el cuadro a la caballería marroquí, y sosteniendo tina bicha feroz cuerpo a cuerpo con los moros que combatían con desesperado arranque, ganaron la batalla.
Ese día los Jefes lucharon como soldados, y cada soldado parecía un Jefe valeroso.
La Hoja de Servicios de Angulo Rebolledo dice: “Los legionarios se lanzaron al asalto de una manera brillante, pues por estar sin quebrantar el enemigo, hubo necesidad de que con bombas de mano y animados de verdadero espíritu de sacrificio se sostuviesen confundidos con el enemigo en las trincheras, sufriendo además, fuego de flanco. Inútil es reseñar hechos heroicos, puesto que todos, conscientes de su misión, hicieron ofrenda de sus vidas” (13).
La legión escribió en sus guiones el nombre de Sidi-Mesaud, al lado de los de Tizzi-Assa y Melilla.
Angulo “tomó parte activa en el asalto dando pruebas de poseer relevantes condiciones para el mando”. El Jefe de su Bandera propuso al Ministro de Guerra su ascenso a Alférez.
— Desde ese día el Jefe de la Legión le concedió el mando efectivo como Oficial.
(11) Reales Ordenes de 5 y 19 de noviembre de
1924; Diario Oficial, números 250 y 262.
(12) Hoja de servicios, páginas 16 y 17;
carta suya de 28 de septiembre de 1925.
(13) pagina 18

HASTA EL BLOCAO…
La posición de Afrau, internada en los bosques marroquíes, estaba cercada por los moros. El 13 de agosto salió de Ben-Tieb la 16° Compañía; esa noche pernoctó en Dar-Queb-Dani y el 15 puso sus tiendas en Farha.
El 16 de agosto, formando parte de la vanguardia y ejerciendo mando de Oficial, Angulo Rebolledo asaltó el poblado de Harail-Bel-Hach.
Casa a casa y huerto a huerto lucharon sus legionarios hasta la total conquista.
La tropa estaba enardecida por el combate; Angulo, entusiasta, les propuso rebasar el objetivo y restablecer ese mismo día las comunicaciones con Afrau.
Fue una jornada íntegra de avance, sorteando al enemigo, ocupando hábilmente los sitios estratégicos, para hacerle abandonar sus posiciones.
A veces se veía al grupo, serían cincuenta hombres, por el borde de una colina, o en lo profundo de la cañada. Rodeaban el sitio los moros, pero los legionarios, a doscientos o trescientos metros, en una nueva posición inexpugnable, comentaban entre risas la jugada y barrían el campo con sus ametralladoras.
Los defensores de Afrau, sorprendidos oyeron al atardecer un fuerte tiroteo en las más cercanas líneas enemigas. Luego vieron a los moros retirarse en desorden, como si un gran ejército cayera sobre ellos.
Más tarde, en la majestad serena de la noche africana, un grupo relucido se acercó, cargarlo de despojos.
Al abrirse las puertas del blocao, apareció el primero un legionario vigoroso, que levantando marcialmente su gorro militar, gritó: “¡Viva Colombia! ¡Viva España! ¡Viva la Legión!”
Era el jefe de las vanguardias. Ni uno solo de sus hombres había caído en el avance, a pesar de haber estado todo el día en fuego con los moros.
Nuevamente se formuló a su favor propuesta de ascenso a Oficial, y por su glorioso avance se le concedió por tercera vez la Cruz Roja del Mérito Militar (14).
(14) Real Orden de 9 de enero de 1925; Diario
Oficial, número 8.

UNA SORPRESA
El moro, con su movilidad extraordinaria, rodeó a fines de agosto a Tetuán y a Xauen, y cercó decididamente todas las posiciones fortificadas del Yebala.
Angulo tomó parte en los combates de Tetuán, y luego marchó hacia Xauen.

21 de septiembre de 1924.
Pleno y raso arenal, cortado frecuentemente por hendiduras profundas. Grandes zarzales de un verde amarillento se levantan de vez en cuando. El sol llena de luz y de calor toda la planicie y las colinas circundantes. Al otro lado está el enemigo.
Las columnas españoles avanzan sobre Xauen. La 16.° Compañía del Tercio, sobre los montes, cubre el flanco izquierdo de la vanguardia.
Pasan las horas… Ligeros tiroteos a la derecha… Los soldados, en caravana sin término, desfilan aún.
Al caer el sol, del poblado de Y-Lam salen los astutos moros avisados por sus espías, y por los barrancos rodean sigilosamente la colina de Nerikera, desde donde los legionarios defienden el avance de sus fuerzas.
A las cinco de la tarde la 16.° Compañía marcha a incorporarse al resto de las tropas. Parte logró tranquilamente su objeto. Sólo quedaban, en extrema retaguardia, cincuenta hombres al mando del Sub-Oficial legionario Angulo Rebolledo.
De repente un círculo mortífero los cercó. Los marroquíes les habían copado.
Aquellos hombres estaban destinados a perecer cruelmente. La zozobra, el desaliento, llenó sus corazones. O entregarse para ser fusilados instantáneamente, o, en un ataque temerario y loco, clavarse ellos mismos en las gumías relampagueantes de los seiscientos moros.
Un momento después, en los fieros ojos de cada legionario se leía la respuesta: ¡lo primero, jamás; lo segundo, para morir matando!
Sólo un hombre estaba tranquilo: Angulo, Una orden a media voz: —¡A tierra, y guarecerse entre los matorrales!
Allí, rápidamente, al ras del suelo hizo emplazar en cuadro los fusiles-ametralladoras.
Detrás, el resto e los legionarios, con una rodilla en tierra, y en el fusil la bayoneta calada. Silencio…
Los moros se acercan arrastrándose congo serpientes; apenas si se oye su rozar sobre la tierra.
Angulo los deja avanzar… Sólo los separan treinta pasos…, veinticinco…, veinte!…
De repente, un silbido; las ametralladoras barren, sangrientas, el suelo… Saltos, alaridos, moros que se retuercen llenos de dolor; otros que se levantan apresurados y huyen…
El jefe ordena: — ¡A la carga!
Y al frente de sus cincuenta legionarios salta veloz, alcanza a la morería y clava una y otra vez su bayoneta en las huestes desmoralizadas.
Pocas veces una sorpresa africana había terminado en derrota.
Trescientos albornoces blancos, manchados de rojo, resaltaban aquí y allá en la arenosa colina.
Las bajas españolas fueron pocas.
Cuando al caer la noche en el azul intenso florecía la luna llena, sobre la pendiente oscura avanzaban los legionarios hacia Beni-Salah, llevando en camillas sus heridos. Detrás, Angulo, con el fusil terciado, recortó un momento contra los cielos su silueta robusta, alta y marcial; al mismo tiempo su grito de combate descendió triunfal a la planicie:

— ¡Viva Colombia! ¡Viva España!¡ Viva la Legión!
El fue, con su grito victorioso, el primer jefe expedicionario que en extrema vanguardia entró a Xauen cuatro días después, en la tarde del 28 de septiembre.
Por cuarta vez se propuso al Gobierno su ascenso a Alférez.

¡POR LA BANDERA!
“En la segunda quincena de octubre, Angulo salió de Xauen, a órdenes del Teniente Coronel Franco, con dirección a Miskrela, entablando el 18 duro combate; el 21, con su columna contuvo los fuegos del enemigo mientras se efectuaba la evacuación de Kela-Bajo y Avanzadilla, y el 23, formando parte de las tropas del General Castro Girona, inició el avance hacia Dar-Akarrat para salvar las posiciones de Dras-el-Asef” (15).
El 24 de octubre ocupó con sus fuerzas el bosque de Tenafet.
Allí recibió orden de reforzar a la 11ª Compañía, Cuarta Bandera, que en la altura y escasa de municiones estaba cercada por numeroso enemigo.
Dejando parte de la tropa para asegurar la retaguardia, marchó al frente de veintidós hombres.
Ya casi dominaban la cumbre cuando los moros se lanzaron; sobre ellos.
Sirviéndose de los accidentes del terreno se defendieron de las descargas, y lograron ascender un último
repecho.
En las crestas de Tenafel se encontraron moros y legionarios cuerpo a cuerpo.
Al primer empuje retrocedieron los marroquíes. Luego, resistieron numerosos, y avanzaron sobre el “tercio.
Angulo con su pequeña escuadra dio dos asaltos a la bayoneta, y en confuso remolino de albornoces, las dos veces retrocedieron los moros entre aullidos.
Pero las fuerzas enemigas aumentaban; ante tan grandes contingentes los veinte hombres dudaron.
Entonces Angulo, con ojos de fuego y movimiento rápido arrebató la bandera española a unas manos vacilantes, y desenfundando la pistola se lanzó en medio de los moros.
Resonó un convencido “¡Viva la muerte! ¡Viva España!”
Las tropas lo siguieron.
La bandera ceñía su cuerpo en el avance y con ligero ondear rubricaba en los aires una estela luminosa. El rojo y gualda, mezclando sus colores con el traje de campaña, enmarcaba un rostro atezado, de hermosos rasgos decididos y fieros.

POR LA BANDERA
Angulo estaba resuelto a morir, y ese era el momento de caer como un héroe.
Al avanzar, se le fueron encima los enemigos, buscando ante todo arrebatarle la bandera. Uno de los moros le disparó el fusil en el pecho; la bala pasó a tres milímetros del corazón y salió al otro lado rompiendo un par de costillas.
Ya en el suelo, el moro le volvió a apuntar, pero Angulo logró disparar su pistola dándole en la cabeza. El marroquí cayó junto a él. Una descarga general les oculto entre tierra y humo. Nuevos balazos le atravesaron el muslo.
Los moros se lanzaron sobre la bandera, y como todavía se resistiese uno de ellos le lanzó una gran piedra para rematarlo.
Otro “¡Viva la muerte!” y… nuevas tropas españolas, de la “Tercera Bandera, llegaron a la altura. Las mandaban los Tenientes Rodríguez y Tapias Sánchez.
Arremetieron al enemigo, lo destrozaron, y Angulo, sin conocimiento, envuelto todavía en la bandera española que era ya toda roja por su sangre, fue llevado cuidadosamente a las ambulancias.
Todos sus hombres habían muerto… (16).
(15) Hoja de servicios, página 21.
(16) Hoja de servicios, página 21;
Comunicación del Cónsul General de la
República de Colombia en Madrid al Ministro
de Relaciones Exteriores de la República,
fechada el 31 de julio de 1925; cartas de
Angulo de 27 de mayo y 18 de julio de 1925.

¡COLOMBIANO!
A él también se le dio por muerto.
Desangrado, atravesado el pecho de parte a parte, con dos costillas rotas, el hombro y brazo izquierdo machacados, con cuatro balazos en la pierna derecha, de muy poco habían de servir todos los cuidados.
Pero volvió a la vida, y a principios de noviembre pudo ser trasladado en avión al Hospital Militar de Carabanchel, en Madrid.
Por su labor heroica del 21 de octubre, le fueron concedidas, por cuarta vez, la Cruz Roja del Mérito Militar y la Medalla de Sufrimientos por la Patria, con pensión vitalicia (16).
En el Hospital tuvo conocimiento de las muevas propuestas de ascenso en su favor, hechas por los Capitanes de la 11ª y 16ª Compañías.
El segundo de ellos decía: “Posee dotes especiales para el mando, carácter y serenidad.
En la Compañía, con particularidad en su Sección, tiene a los legionarios aguerridos en la pelea, infundiéndoles con su ejemplo el Credo Legionario y dándoles pruebas de valor y sufrimiento. En todas las operaciones, tanto en el territorio de Melilla cono en el de Ceuta, se ha distinguido mucho, y el día 21 de octubre en el avance a Dras-el-Asef cayó por última vez, gravemente herido en el pecho” (17).
El jefe de su Bandera informaba también acerca de sus méritos: “Ha combatido valientemente en todos sus empleos y en cuantas operaciones intervino la Bandera, mereciendo en todo momento, por su valor y comportamiento excelente, las felicitaciones y estimación de sus superiores y la admiración y cariño de sus iguales e inferiores, siendo herido hasta tres veces en el pecho: la primera de legionario en Monte Magan, la segunda de Sargento en Tizzi-Assa y la tercera de Sub-Oficial al mando de una Sección, en el avance para levantar el bloqueo del Campamento de Dras-el-Asef.
Desempeñó durante su empleo de cabo el cargo de furriel de su Compañía, y en los de Sargento y Sub-Oficial los de auxiliar de la misma y Jefe de Sección, siendo en todo momento, por su laboriosidad, competencia y honradez, modelo de clases y ayuda eficacísima de su Capitán” (18).
Al Hospital fue a verlo Millán-Astray, comisionado por el Ministro de la Guerra.
Todas las peticiones de ascenso a Oficial que a su favor se habían hecho, estaban en el Ministerio. Eran tantas y por hechos tan destacados que el Gobierno deseaba y estaba obligado en justicia a acceder a ellas.
Sólo fallaba un requisito. El Sub-Oficial Angulo Rebolledo era extranjero, y de acuerdo con Ordenanzas Reales sostenidas desde Felipe V debía adquirir antes la nacionalidad española.
Angulo narró entonces a Millán-Astray, que había sido para él padre y amigo, la historia de su vida. Y al terminar le dijo:
— “Pude renunciar a mi carrera; oculté tenazmente mi apellido; pero siempre he vivido colombiano. Los recuerdos de la Patria palpitan vivos en mi alma. Renuncio a todos los ascensos; a lo que pudiera ser un nuevo comienzo de vida. Amo a España, creo que bien lo he probado, pero Colombia es mi Patria y nadie puede renunciar a la madre que el cielo le dio”.
— Millán-Astray, emocionado, le dio un abrazo:
“Sí; así habla un soldado. No le lo dije antes, pero lo mismo hubiera hecho yo”.
Cinco días después, el 14 de diciembre de 1924, aparecía en cl Diario Oficial una Real Orden cinco derogaba disposiciones anteriores y permitía que algunos extranjeros que se hubiesen distinguido extraordinariamente al servicio de España alcanzasen el grado de Oficiales.
Se abría camino al ascenso de Angulo. En su pecho palpitaba siempre un corazón colombiano!
Ya para entonces se hablaba de él en la prensa española como del héroe de Xauen, Tizzi-Assa y Magán, y su retrato aparecía entre las figuras más populares del Ejército de África.
Pasaban los meses. El ambiente frívolo y deprimente de Madrid no era para Angulo Rebolledo.
A pesar de su cultura y educación refinada, su vida era la vida militar, y su corazón estaba prendado de los campamentos, en el suelo incomparable del África.
El 1.° de marzo de 1925 salió del hospital, y se incorporó a su Compañía en el Gran Cuartel General de Dar-Riffien.
(16)Reales Ordenes de 18 y 28 de abril de 1925;
Diario Oficial, números 87 y 96.
(17) Hoja de servicios, pagina 21.
(l8) Hoja de servicios, página 23

EL POETA DE LA ESTRATEGIA
Es el 25 de marzo.
Sobre el Estrecho de Gibraltar se levanta la altura de Alcázar-Seguer, ocupada por los moros.
A la izquierda desemboca un río que le trae de An-hiera convoyes de armas y alimentos. Hay en su fuerte
varios cañones para disparar sobre los barcos que cruzan el Estrecho.
Al otro lado de éste, entre la bruma azul de la mañana de primavera, se dibuja apenas en el horizonte Tarifa, la
heroica plaza española del tiempo de la reconquista.
Los moros están seguros en su posición inexpugnable.
Aparece en el horizonte un pequeño guardacostas.
Lleva izada con orgullo la bandera española.
Los cañones dirigen sus bocas hacia él, y disparan.
A bordo del guarda-costas Varios Jefes legionarios, que con el Coronel Franco estudian la situación del enemigo, formando un plan de ataque.
Entre ellos está el Sub-Oficial Angulo Rebolledo.
Van entrando en la ensenada. El barco se detiene; están a dos kilómetros de la costa.
Todos, con sus anteojos observan… Variados comentarios…
Franco pregunta:
— “¿Qué opinas, Ángulo?”.
Y el Sub-Oficial, resueltamente:
—”Que debemos acercarnos más a la playa, mi Coronel”.
-“Es imposible; nos harían bajas”. Angulo respondió fríamente:
-“¿Y qué importa? Es necesario”.
Algunos Oficiales que siguiendo la conversación observaban la costa, bajaron los ante-ojos. Todos se miraron emocionados ante aquel desprecio soberano de la vida cuando se trataba del deber.
En sus almas crecía la estima hacia el héroe de los campos de batalla…
El barco prosigue, acercándose, y se mece con increíble serenidad en el peligro. Va arando en las tranquilas aguas una estela blanquecina…
Las balas de cañón caen al rededor más o menos certeras, y levantan estruendosos surtidores…
Los oficiales no apartan el anteojo de las fortificaciones enemigas.
El guarda-costas entraba más y más. La bandera ondeaba al viento.
A doscientos metros de la playa giró gallardamente y enfiló la proa a Ceuta, saludado por los cañonazos marroquíes.
Las observaciones habían terminado.
Y vino la discusión de planes.
En torno a un croquis dibujado rápidamente se apiñaban los oficiales en el Salón del barco.
La posición por tierra era inexpugnable había que hacer un desembarco y subir a la bayoneta.
¿Cómo se dispondría cl ataque? Varias eran las opiniones. El último, Angulo Rebolledo dio la suya:
Le parecía necesario sacrificar una Compañía.
Con su imaginación exuberante había ideado una treta que podía ser un poema de táctica y de guerra. Una Compañía debía desembarcar sus dos Secciones en cada cuerno de la ensenada para simular el asalto, mientras otro barco que vendría detrás se lanzaría a toda máquina hasta el pie mismo de la posición cuando los moros salieran a defenderse de los primeros asaltantes.
Los Oficiales seguían atentos la mano morena de su subalterno, cuando nerviosamente señalaba con el lápiz los diversos puntos; y a las sugerencias de su palabra fácil y luminosa veían ya los dos primeros barcos y el otro en la lejanía; luego, las tropas a uno y otro lado del frontín, a cierta distancia; la salida de los moros, y su asombro ante el desembarco inesperado al pie mismo de la colina medió desamparada; el avance firme, al trote por la loma, en descubierto, y la bandera española clavada en Seguer!
Se adoptó este plan.
Cinco días después, el 30 de, marzo, estaba realizado.
Angulo comandó la Compañía loma arriba, ocupó la posición e izó la bandera en la cumbre.
Los moros fueron prisioneros. La Legión sólo tuvo catorce muertos y seis heridos, cuando el Alto Mando había calculado la pérdida de doscientos hombres.
Ese día por la larde, Franco decía cariñosamente al Sub-Oficial:
“Angulo, eres un poeta de la estrategia, y lo haces tan bien como cuando peleas en la vanguardia, o cantas a la Legión en tus noches de ocio…” (19).
(19) Hoja de servicios, página 22; cartas suyas
del 18 de julio y 4 de septiembre de 1925.

LA PRIMERA CARTA
El Campamento de R’gaia.
Tres Compañías de la Legión lo habitaban hacía tres meses. Allí llegó Angulo el 13 abril.
Es un vallecito pequeño, rodeado de montañas ásperas y poco frondosas. Lo atraviesa un riachuelo. Los pinos dirigen sus conos a la altura. En la parte central, al rededor de una especie de plazuela, se levantan las tiendas de campaña. Todo es una región gris o verde oscura; un cielo a veces azul, pero sin horizonte. El bramar del torrente parece un lamento funerario, y el viento cubre los árboles tiene no sé qué de gemidos y de llanto.
Había que buscar al enemigo diariamente en las crestas de los montes, y de ordinario la labor era mortífera y estéril.
Angulo Rebolledo sentía hondamente la tristeza del paisaje; estaba al unísono con la amargura de su alma.
Sus hechos de armas lo habían hecho famoso; ascendería a Oficial; sus camaradas lo querían, era para ellos el prototipo del valor; sus jefes lo estimaban; Millán-Astray lo amaba como un ¡padre; y su nombre, su verdadero nombre, jamás se había pronunciado en África.. .
Aquella tarde, recostado contra un árbol, recordaba… La salida de la Patria…, la brillante carrera rota…, los años de silencio…, la madre entregada a torturante ansiedad…; desechas las ilusiones de la primera juventud… Y luego, en busca de aventuras y emociones, de la muerte y del olvido, el cambio de nombre y su ingreso en la Legión… Una guerra, una guerra como las de antaño, llena de bravos alardes individuales, lucha primitiva y valiente a campo abierto… Y se veía entre los infantes españoles legendariamente heroicos, escalonando los agrios picos del Rif, el acero desnudo, el mosquetón humeante, borracho de sangre y pólvora; y soñaba caer bellamente roto el corazón, deshecho el cráneo, en plena vida, en plena lucha; rodar al abismo del no ser, sin las dudas de Hamlet, entre el estruendo marcial de la batalla; hacer de la muerte un intenso poema de armonías… Oía su grito victorioso:
“¡Viva Colombia! ¡ Viva España! ¡ Viva la Legión!,,… Después, caía siempre, herido; y del suelo salían sus últimos disparos… Más tarde, todo era sangre…, tinieblas…, frío… Despertaba en un hospital. ¡Y de nuevo… la lucha por vivir! .. .
Recordaba las glorias del guerrero; los ascensos, las condecoraciones… ¡Y siempre, siempre, después de tanto tiempo y tantas borrascas, el martirio de pensar!
¡Y pensaba! Buscador de emociones, las había experimentado de una intensidad no presentida; se había encontrado en situaciones que verdaderamente llenan de pavor; había visto la muerte muy de cerca; había combatido cuerpo a cuerpo para salvar la bandera, después de ver caer a todos los hombres que mandaba; había sido herido varias veces, todas gravemente; no había muerto; ,por qué? ¿por qué no había muerto?… Pero al mismo tiempo su sensibilidad se había agudizado; no había encontrado las aguas de un Leteo que le hicieran olvidar. Los recuerdos de la Patria, la familia y los amores idos perduraban y lo atormentaban; y así como la diversidad de países y paisajes no habían borrado de sus ojos los contornos de las playas colombianas, la variedad de vicisitudes, la intensidad de las sensaciones experimentadas, no habían logrado que en su corazón se curaran las heridas abiertas por la mano despiadada de la vida. Era el viajero de un éxodo sin fin; se sentía condenado por el destino a las distancias, como la proa de un gran velero; se veía el perpetuo atormentado cuyo sufrir pudiera ser motivo para el Greco, el hosco pintor que supo trasladar al lienzo las torturas de su espíritu. ¿Por qué? ¿Por qué no había muerto?…
Y sentía la necesidad de hablar, de comunicar a alguien muy querido la tragedia de esos años.
Dos ojos grandes, doloridos, se clavaron en los suyos. Era la mirada de su madre.
Angulo Rebolledo lloraba… Después, se levantó y marchó a su tienda. El dolor le había fraguado en el pecho una resolución: rompería su silencio de cinco años…
Puso dos centinelas a la puerta, y en una carta llena de lágrimas y amores, de rodillas, volcó en el seno de su madre toda el alma quebrantada por los recuerdos y el martirio de la ausencia.
Sonaron las cornetas; hubo bullicio, gritos, carcajadas; se oyó el toque de queda, todo entró en reposo; poco a poco se apagaron las luces…; más tarde, cambios de guardia… Al filo de la media noche, en medio del silencio, sólo el torrente bramaba y gemía; en todo el campamento, sólo una luz: la de la tienda en que Angulo, el legionario, lloraba y escribía ..
Allá, muy lejos, en la vieja casa familiar, una mujer entraba en la penumbra de la alcoba. Con mano temblorosa puso aceite a la lámpara que alumbra día y noche la imagen del Señor.
Al levantarse la llama, vibrante y juguetona, su luz dio de lleno en el rostro venerable de la anciana.
Rasgos de una belleza sobria, y a la vez un no sé qué de santo que imponía y el dolor sin término revelaba el sacrificio de su amor materno.
Sus labios susurraban fina oración por el hijo primogénito perdido para ella hacía años, y sus grandes ojos negros, cuajados de lágrimas, pedían, clavados en Jesús, que hiciera un milagro…

Aquella carta llegó a Colombia, y la madre la leyó llorando, a los pies del Señor. Su hijo, su primogénito, vivía!; y si antes los halagos y las mentiras de la vida habían empañado su alma, ahora ya sólo había en ella pureza, amor y deseos de ser bueno! ¡Su hijo se acordaba de ella; su hijo muy amado, tan desdichado; hijo pródigo, pero por lo mismo hijo querido!
Y un cable y otra carta volaron al África desde Colombia. Y las cartas que cruzaron el océano se multiplicaron, y eran leídas y releídas mil y mil veces en una y otra parte.
El horizonte de Angulo se fue abriendo; su alma halló la paz, y volvió a amar la vida.

¡OFICIAL!
Por Real Orden de 24 de junio 1925 (20), el Sub-Oficial don Carlos Angulo Rebolledo, de nacionalidad colombiana, fue promovido al grado de Alférez de la Legión.
Estamos una vez más en el gran Cuartel de Riffien, donde palpita el corazón heroico del Marruecos español.
Es el 25 de junio de 1925.
Los soldados, vestidos de gala, con aspecto jubiloso, llenos de garbo, van desfilando lentamente hacia la Plaza de Armas.
Zapato blanco, ancho pantalón ceñido por polaina de lana, las cartucheras negras relucientes sobre la abierta camisa verde, la manga recogida en el antebrazo y el gorro militar
airosamente ladeado; tal se presenta cada legionario en su traje de parada.
Avanzan lentos, uniformes, desarrollando sobre la arena una amplia curva. Se detienen. Queda al frente la 16ª Compañía, a la que perteneció el legionario que hoy es ascendido al grado de Oficial. Este debe ser presentado solemnemente a la tropa, y a su primera voz de mando se izará la bandera y los clarines tocaran la Marcha Real.
Al sonar las tres apareció en la puerta del Casino el Coronel Franco, Jefe del Tercio; iba a su derecha el nuevo Alférez legionario Angulo Rebolledo, y marchaba detrás toda la Oficialidad española.
En Angulo se fijaban, cariñosas y leales, las miradas de sus viejos compañeros. Se acercaba con sonrisa afable, íntimamente conmovido; la bota de caballero golpeada por el sable, la codiciada estrella de seis puntas en la bocamanga, al pecho las once condecoraciones ganadas desde 1921 en los campos de batalla.
Su rostro curtido por el sol, su mirada inteligente y franca, su alta estatura y porte marcial, recordaban a aquellos guerreros legendarios, decididos, que subían “hasta el cielo por los picos de los Andes, cuando España era tan grande que su sol no se ponía…”.
Al llegar ante la tropa, el Coronel se retiró un poco, y quedó frente al Tercio su nuevo Oficial.
Allí estaban sus hermanos, los compañeros de cien combates, con quienes conviviera íntimamente; altivos y fieros, invencibles para la morería, y con el corazón abierto a la amistad y el cariño…
Y el Alférez dio su primera voz de mando: ¡Legión! ¡Atención! ¡Firmes!…
Se adelantaron los abanderados acompañados de su guardia. Al lado de la bandera española, ondeaba, en manos de héroes, a la misma altura el pabellón colombiano!
El Coronel Franco ordeno :
— ¡Presenten armas!
Un ruido seco, metálico. Luego, los soldados parecían estatuas, con los brazos de acero extendidos y el arma en las ¡¡manos. Los jefes desnudaron las espadas, y espadas y bayonetas relampagueaban a los rayos del sol.
Al mismo tiempo las bandas militares preludiaron el Himno de Colombia. Sus notas, tocadas por primera vez en tierra africana, traían al colombiano susurros de las próximas palmeras, y algo más…, algo como un sacudimiento de alas de cóndor cuando rozan las nieves del Tollina o cuando se abren gigantescas sobre las vegas fulgirlas del Cauca…
¡Y a través de montañas, de mares y de años, la Patria enviaba al hijo ausente, con un jirón de su bandera, todos los recuerdos de un hogar!…
El Alférez Angulo, firme, saludaba militarmente, con el alma envuelta en lágrimas…
* * *
A la noche, gran iluminación en el Casino de Oficiales, y en su salón principal una comida en honor del Alférez. Luces, flores, cristalería; una mesa en forma de U se extiende larga y blanquísima.
En el centro, junto al Coronel Franco, Angulo Rebolledo preside el banquete; más de setenta Oficiales se hallan allí reunidos. Los variados uniformes y los galones y estrellas, enmarcan siempre fisonomías recias, varoniles, morenas por el África, pero siempre atrayentes y francas. En ellas se adivinan las vidas heroicas.
Reinan la animación y la alegría; pocas veces en Marruecos se hallan tantos camaradas juntos, y por eso aquellos hombres sienten más intensamente el ambiente de la Patria.
Ayer, luchaban fieramente allá, en los montes; quizás mañana, en hombros de estos mismos compañeros, vayan al Campo santo; hoy, aquí reunidos, son España.
El Coronel alza la copa; silencio… habla, por momentos lentamente; por momentos atropellado y fogoso; siempre llevando tras el suyo el sentimiento de todos. Y brinda por el soldado extranjero, noble y valiente, a quien hoy el reino de Castilla entrega la espada; recuerda la vida de campaña del nuevo Oficial, su arrojo y temeridad juvenil, que es al mismo tiempo valor ponderado y sobrio; y recoge en apretado haz seis legendarias hazañas.
Brinda luego por Colombia, la más española entre las naciones americanas, que devuelve en su hijo, acrecentada con heroísmos, una deuda sagrada. Y termina:
— “¡Alférez legionario! una última palabra: brindo por aquella que allá muy lejos, te guarda en la memoria y reza por ti; por la que al, conocer tus hechos te creerá hijo digno de su ilustre y llorado esposo; por la que en sus cabellos de plata lleva todas las amarguras de tu vida, y en sus ojos profundos y radiantes todas las bellezas de tu alma! Y ahora diré tu verdadero nombre: ¡Alférez Crespo de GUZMÁN, brindo por ella, por Colombia y por ti!”.
Franco calló…
En su respuesta, Angulo Rebolledo, conmovido, volvió a ser Luis Crespo, el orador brillante, cautivador, poeta, que en las plazas bogotanas se hacía aplaudir y llevar en hombros por los mismos que al principio le rodearan con intención de apedrearlo. Y su brindis fue una oración y un suspiro; fue también un canto a la madre y a la Patria.
Al terminar, se oyó un ¡Viva Colombia! lanzado por setenta jefes, por lo más selecto de la Oficialidad española.
Ese grito resonó en el salón, y se fue extendiendo lentamente en la noche silenciosa bajo el profundo cielo azul…
Comentando estos hechos, Crespo Guzmán escribía: “Son esos los dos instantes más intensos de mi vida… A semejanza de Oscar Wilde no soy alguien, pero he hecho algo, y ese algo me ha permitido oír aquí los nombres de Colombia y de mi madre pronunciados con amor”.
(20) Diario Oficial, número 193.

PARA SU MADRE…
Sonó por primera vez su verdadero nombre en África; Carlos Angulo Rebolledo comenzó a ser para los amigos un Mito, pero había de iniciarse un largo papeleo por ministerios y cancillerías para que muriese el glorioso seudónimo y renaciera oficialmente el apellido no menos glorioso y noble de Crespo Guzmán. Sólo a mediarlos de 1930 apareció el ya entonces Teniente, nombrado, en Real Orden, Luis María Crespo de Guzmán. Nosotros desde este momento le daremos su nombre legítimo.
Por los últimos días de junio se hizo tomar, en Melilla, un retrato, que al enviarlo dedicó así:
“A mi madre y hermanos dedico mi primer retrato de Oficial español”.
En uno de los correctores de Dar-Riffien charlaba con el Capitán Santa Cruz y Teigeiro.
“Mira la foto que le mando a mi madre; ¿qué te parece.
Examinola con interés Teigeiro, y contestó:
“Tienes en la mirada la fría crueldad con que pediste el sacrificio de una Compañía en Alcázar-Seguer, y parece que con los dedos de la mano derecha estuvieras triturando el cráneo de un moro. Eres la fiera africana”.
Al día siguiente, en la estafeta de Correos salía un paquete dirigido a Colombia. En el sobre se leía: Señora doña Delfina Guzman de Crespo.
Dentro, junto al retrato estaban escritas estas palabras: “Es verdad que parezco fiero y cruel, pero para su merced soy siempre el niño tonto y grande que la quiere con toda el alma” (21).
Ese retrato y asas palabras habían de llenar de alegría el corazón dolorido de una madre.
(21) Carta del 18 de julio de 1925.

LA CULTURA DE UN SOLDADO
Crespo de Guzmán comenzaba la vida de Oficial.

El 6 de junio de 1925, el Teniente Coronel Jefe del Segundo Tercio, a petición del Comandante de la Cuarta Bandera, solicitó del Coronel Jefe de la Legión que fuera destinado a la Bandera el Alférez recién ascendido, “petición que sólo existe referente a este Oficial, y a la cual no se pudo acceder por necesidades del servicio; pero ello demuestra el buen concepto de que gozaba en la Bandera a que hasta ”entonces había pertenecido” (22).
Crespo no alcanzó a estar dos meses en Riffien.
El 26 de agosto fue designado por el mando para ir a la Coruña a recoger una expedición de voluntarios suramericanos.
A su vuelta, se le destinó al frente de Tetuán; allí permaneció luchando en las avanzadas y estableciendo blocaos hasta fines de noviembre. El 26 de ese mes regresó a Riffien y marchó de nuevo a la Coruña a recoger otra expedición de legionarios.
Desde el 15 de diciembre volvió al fuego en el Campamento de R’gaia, y más tarde en Kudia-Tahar, Ben-Karrich y el Fondak.
Por Real Orden de 2 de marzo de 1926 (23) se le concedió la Cruz de Plata del Mérito Militar con distintivo rojo y pensión por los servicios y merecimientos en el 9.° período de operaciones.
En 1926 participó en casi todas las acciones de guerra, y volvió dos veces a la península, a la Coruña y Cádiz, a recibir nuevas expediciones americanas.
* * *
Crespo Guzmán no era solamente un gran soldado; inteligencia cultivada y corazón que vibraba en la contemplación de la belleza, era escritor y poeta.
Los frutos de sus ratos de descanso se publicaban en la prensa africana y española, y sus
pensamientos profundos, llenos de emoción y de vida le colocaban en primera línea entre los escritores africanos.
En julio de 1926, en su viaje a Cádiz, fue agasajado por los Cónsules Suramericanos y por algunos miembros de la Real Academia Hispano-Americana de la Lengua. Querían saludar al glorioso legionario, y el gallardo porte y distinguidos modales del caballero y literato les cautivaron. El presidente, propuso su ingreso en la Academia.
En la sesión celebrada el 9 de septiembre se le concedió el título de Académico Correspondiente, lo que el presidente comunicó al Jefe de la Legión por medio del siguiente oficio: “Tengo el honor de remitir a V. S. los adjuntos documentos, rogándole su entrega al heroico Oficial a sus órdenes en esa benemérita Legión don Luis María Crespo de Guzmán, a quien esta Real Academia se ha considerado muy honrada en designar como Miembro Correspondiente atendiendo a sus especiales méritos y circunstancias. Al darle las gracias por su atención, felicitamos a V. S. por tener a sus órdenes a tan distinguido Oficial”.
La recepción había de tener lugar el 12 de octubre.
El Diario de Cádiz, al anunciar el 10 de octubre el acto solemne del 12, decía: “Se le impondrán las insignias académicas a don Luis M. Crespo de Guzmán, oficial del Tercio y uno de los más prestigiosos escritores colombianos, figura de actualidad por su heroísmo en Marruecos”.
Llegó el 12 de octubre, día de la Raza.
En la fachada del Palacio de la Real Academia Hispano-Americana lucían los pabellones de todas las naciones hijas de España. En el balcón central, las banderas de España y de Colombia mezclaban jugueteando sus colores. A la puerta, la Guardia Civil guardaba la entrada.
El hermoso y amplísimo Salón de Actos está lleno por lo más granado de la sociedad gaditana.
Preside el acto el Excmo. Sr. Gobernador civil don Luis Lossada, quien tiene a su derecha a don Juan Reina, presidente de la Academia, y a Su izquierda al Presidente de la Diputación, Señor Conde de Villamar. Ocupan el estrado una veintena de académicos.
A las cuatro entra al Salón el Alférez Crespo de Guzmán, acompañado por el Alcalde Comendador de San Fernando y el ilustre publicista, Coronel del Regimiento de Cádiz, don Juan García y Gómez Caminero. Crespo Guzmán, sonriente, avanza Saludando militarmente, la mano izquierda en la empuñadura de su espada; gallardo, fornido, cubierto el pecho de condecoraciones; atrae todas las miradas. Una estruendosa ovación lo recibe.
Después de varios discursos, Crespo lee su oración de ingreso; quiere dar a conocer a sus oyentes un poeta colombiano: Ricardo Nieto. Recoge hermosamente entre sentidas descripciones sus leyendas caucanas, siendo interrumpido continuamente por los aplausos del auditorio; presenta al poeta como cantor de la Patria, y emocionado ensalza a Colombia con inspirado arranque. Declama la obra maestra de Nieto, su Himno a la Bandera. Ante un auditorio extranjero, el militar que heroicamente ha derramado su sangre en los combates, empieza:
No; no es un himno lo que yo quisiera;
no; no es un canto lo que yo deseara
para decirte a ti, patria bandera …
Luego :
… No sé si estás afuera o estás dentro de mi alma…
Y viéndose de nuevo en la batalla, lleno de fuego y de verdad, recoge en un grito delirante de nostalgia y de amor:
… ¡Cuán hermosa
has de elevarle en medio del combate salpicada de sangre generosa!
!Hoy eres tricolor; tal vez mañana
— bandera colombiana —
la sangre nuestra le convierta en rosa!
Para concluir describe su vida de soldado y dice que no puede desechar la emoción que siente, porque nunca se imaginó el galardón que le esperaba después de su vida de legionario. Presenta los picos agrestes y ceñudos del Rif, los desiertos del Yebala, los aduares del Ajhmas, donde con jirones de vida ató su corazón; su gran familia, la Legión; esa tierra y esos hermanos que lo llaman casi con tanta insistencia como la Patria remota, y termina: “Señores: Mañana regresaré al África a luchar por España, y desde las avanzadas seguiré con gusto vuestros triunfos y vuestras glorias”.
Al acabar de hablar el Alférez del Tercio, aplausos larguísimos rubricaron su discurso.
Los académicos abrazaron al bravo legionario
Nuevos y sentidos aplausos.
El acto terminó.
· * *
· Esa noche se tuvo un banquete. Copiemos del Diario de Cádiz (24).
“… Inicia los brindis el señor Reina, y brinda por el Alférez Crespo de Guzmán, que simboliza el valor americano traído a España para defender sus glorias… El Señor Gobernador civil se levanta también a hablar y dirigiéndose al Alférez de la Legión le dice que lleve un saludo en nombre de la Real Academia Hispano-Americana y del Gobernador de Cádiz a esa figura extraordinaria que al frente del Tercio, muriéndose a pedazos, defiende con saña el sagrado nombre de la Patria… Mientras el Gobernador dirige la palabra al señor Crespo de Guzmán, éste permanece en pie cuadrado militarmente.
“El bravo Oficial del Tercio empieza a hablar diciendo que para corresponder a las cariñosas y Amables frases del Señor Gobernador, brinda por España, madre pródiga de veinte naciones; por Cádiz, la blanca ciudad del pensamiento, la que en la guerra de la Independencia marcó tan bello gesto de sublime heroicidad, derrotando a las huestes del General Víctor que mordieron el polvo a sus mismas puertas, y en cuyas aguas se rindieron las naves mandadas por el Almirante Rosilly.
Brinda por Colombia, su Patria querida, en párrafos brillantísimos de arrebatadora elocuencia. “Y, finalmente, brinda por la Legión y por Millán-Astray, y dice que como legionario es él un caso de hispano-americanismo creado a impulsos del corazón y del espíritu del heroico Coronel del “Tercio, a quien dedica un fervoroso saludo.
“Una ovación acoge las últimas palabras del Señor Crespo de Guzmán… “.
Sí; no podía faltar en la suelta improvisación del literato la emoción africana de la vida legionaria heroica y sublime, de aquellos hombres de existencia antes desorbitada y rota que ahora se derramaba altiva por cauces fecundos de civilización y patriotismo en el desierto africano.
Luis Crespo de Guzmán era poeta, orador, literato; y era todo eso por ser legionario!
***
No pararon aquí sus triunfos de intelectual; más tarde, por sus brillantes estudios de altas matemáticas, fue Miembro de Número de la Real Academia de Ciencias de Barcelona y del Real Instituto de Madrid; Miembro Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua, y para coronar su carrera científica fue hecho Miembro del Instituto de Francia, al que pertenecen los sabios más renombrados del mundo moderno.
(22)Hoja de servicios, página 23.
(23) Diario Oficial, número 50.
(24) 13 de octubre de 1926.

CRUCES Y LAURELES
Al finalizar el año 1926 dos nuevas condecoraciones brillaban en el pecho de Crespo: la Medalla Militar de Marruecos con los pasadores de Tetuán y Melilla, y la Cruz de Plata del Mérito Militar con distintivo rojo; ambas le traían pensión vitalicia.
Comenzó el año 1927. Desde los primeros días Crespo de Guzmán manda las tropas como Teniente; su ascenso oficial se espera de un momento a otro.
En la Zona de Tetuán. El último avance hacia el corazón del Yebala.
La Legión entra por segunda vez en el Zoco de Jemís de Beni-Aros, abandonado dos años antes por disposiciones del Gobierno español.
En la pequeña sabana quedan aún ruinas del viejo Campamento general, mordidas por la metralla, desmoronadas por las lluvias, medio deshechas por la horda que con salvaje avidez buscó y rebuscó los últimos despojos. Aquí trozos del viejo paredón de tierra pisada, allí lienzos de paredes de los barracones se levantan solitarios, como centinelas abrumados de cansancio; más allá, vigas, zanjas de antiguas trincheras, hoy llenas de agua, y restos de alambre de espino señalan las líneas defensivas y las fortificaciones.
Las columnas empiezan a aposentarse. Se arman las tiendas, y sobre el terreno se levanta, improvisada, la bulliciosa ciudad del Campamento.
Hacia el este, un cono arenoso con pobres cruces medio desvencijadas. De algunas pende el esqueleto seco de rústicas coronas.
En ese triste rincón encontraron su tumba los bravos legionarios que cayeron en los combates.
Ahora sus viejos compañeros acaban de reconquistar para España la tierra de sus sepulcros.
Millán, el Jefe glorioso de la Legión, quiso rendir un saludo a aquellos restos; saludo emocionado de hermanos que vuelven a encontrarse triunfantes, bajo un cielo azul y esplendoroso, después de años de separación sin olvido.
Los legionarios formaron frente al pequeño cementerio abandonado. Allí los arengaron Millán y Crespo de Guzmán.
De estatura mediana, manco, suelta la manga vacía de su uniforme como si acabaran de arrancarle el brazo; con los ojos y el rostro mutilados por la metralla, la figura del Coronel al entusiasmar a sus hombres para la lucha, era el símbolo del sacrificio.
Alto, entero, robusto, con sus ojos de fuego y ademán decidido donde vivía toda la conciencia del triunfo, el Alférez mostraba de sus heridas sólo los galones que le merecieron, y simbolizaba el valor afortunado.
¡ Ambos al heroísmo!
Sus voces, ante las filas mudas de la Legión, bajo la gran comba del cielo, apenas tenían un ligero temblor al hablar de los hermanos muertos…
Los caballeros legionarios, remangada hasta el codo la camisa, al aire el tostado pecho donde alguna medalla cabrilleaba bajo el sol, escuchan atentos a los Jefes que les señalaban la muerte heroica como meta gloriosa de sus vidas, y les pedían que fueran dignos de aquellos cuyos restos reposaban bajo las toscas cruces medio caídas…
En algunas mejillas curtidas de sol brillaban las lágrimas.. .
Luego, los tambores y las largas cornetas del Tercio dejaron oír sus sones guerreros. Ante el pequeño cementerio comenzó el desfile legionario en columna de honor. Era un póstumo homenaje a los guerreros caídos. Era un alegre saludo de hermanos que retornan.. .

Pasaron las filas heroicas, vuelto el rostro hacia el pequeño huerto de cruces. Y los tambores y las cornetas seguían batiendo marcha, rimando el paso marcial de los legionarios que, con las ametralladoras o las cajas portátiles de municiones al hombro, iban desfilando firmes, erguidos, con el gesto bravío, con el alma inundada en el ambiente bélico del Tercio glorioso…
La oscuridad de la noche iba entrando al Campamento…
Al día siguiente se prosigue el avance hacia Sumata, en la última jornada de la guerra africana. Al bordear los ríos que separan la cabila, avanzan dos caballos con galope airoso.
Dos siluetas se perfilan. Una manga dejada al viento cual pendón trágico y glorioso: Millán, nervioso, ágil, mutilado, deshecho. A su lado, una silueta de gigante: Crespo de Guzmán, impávido, lleno de vida y robustez. Otro jinete los precede llevando el guión de combate del Tercio, que de vez en cuando, movido por el viento, parece envolver en oro y sangre a los dos luchadores…
Los hermosos caballos árabes galopan ya acompasadamente en las estribaciones de la montaña.
¡Qué importa que el cuerpo se desgaje, sembrado de metralla, si lo anima un espíritu que surge de nuevo triunfante, cubierto de laureles, y que va perdiéndose al galope por la senda de la gloria!
Pasaron las filas heroicas, vuelto el rostro hacia el pequeño huerto de cruces. Y los tambores y las cornetas seguían batiendo marcha, rimando el paso marcial de los legionarios que, con las ametralladoras o las cajas portátiles de municiones al hombro, iban desfilando firmes, erguidos, con el gesto bravío, con el alma inundada en el ambiente bélico del Tercio glorioso…
La oscuridad de la noche iba entrando al Campamento…
Al día siguiente se prosigue el avance hacia Sumata, en la última jornada de la guerra africana. Al bordear los ríos que separan la cabila, avanzan dos caballos con galope airoso.
Dos siluetas se perfilan. Una manga dejada al viento cual pendón trágico y glorioso: Millán, nervioso, ágil, mutilado, deshecho. A su lado, una silueta de gigante: Crespo de Guzmán, impávido, lleno de vida y robustez. Otro jinete los precede llevando el guión de combate del Tercio, que de vez en cuando, movido por el viento, parece envolver en oro y sangre a los dos luchadores…
Los hermosos caballos árabes galopan ya acompasadamente en las estribaciones de la montaña.
¡Qué importa que el cuerpo se desgaje, sembrado de metralla, si lo anima un espíritu que surge de nuevo triunfante, cubierto de laureles, y que va perdiéndose al galope por la senda de la gloria!

ANTE EL HÉROE FUNDADOR DEL, TERCIO
21 de junio de 1927.
Hay revuelo en el Cuartel de Dar-Riffien. Millán-Astray ha recibido la banda de general, y dentro de pocos días lo reemplazará en él amando de la Legión el Coronel Larín.
Es media tarde; las brisas del mar refrescan los calores ardientes del estío africano.
Un salón de regulares dimensiones y bien iluminado. Unas cuantas sillas; varios archivadores entreabiertos; un gran escritorio, verdadera mesa de trabajo, lleno de cartas y papeles. Al fondo, un retrato de Valenzuela, el Jefe heroico de ojos profundos y alma de mártir; lo envuelve la bandera legionaria cruzada en letras negras con un grito de dolor que manifiesta todo el sentido recuerdo de los soldados caballeros: — “¡Presente!”
Estamos en el despacho del Coronel Primer Jefe.
Millán-Astray trabaja… Al terminar su labor, llama. Aparece un ordenanza:
Que venga el Capitán Arderius y el Teniente Tiede. Cuando ya estén aquí, llamas al Alférez Crespo de Guzmán.
El ordenanza se retira.
Minutos después unos pasos resonaban en el corredor, y Crespo de Guzmán aparecía a la entrada del despacho. Cuadróse, y luego penetró resueltamente. Millán-Astray y los otros dos Oficiales estaban de pie. Junto a una ventana, sentado a su mesa de trabajo, el taquígrafo tenía delante unas cuartillas en blanco.
El General Millán-Astray se dirigió a Crespo:
— “Te llamo, precisamente delante de mis Oficiales, Capitán Arderius y Teniente Tiede, porque al marcharme de la Legión, considero en ti representadas las más puras virtudes de los legionarios extranjeros que han venido a rendir a España y a la Legión el sacrificio de sus vidas, de su sangre, de su entusiasmo y de su amor a nuestra Patria.
Las circunstancias especiales del desarrollo de las operaciones unido a tus heridas ha hecho que en el transcurso del tiempo que llevas en la Legión, aun habiendo puesto yo de mi parte el máximo interés, que no pueda dejarte más que de primer Teniente de la Legión; pero yo, como Coronel Fundador de ella y más fiel intérprete de sus sentimientos y el que más la ama, te considero merecedor por todo lo ya dicho a que llegues a ser Capitán, ya que hoy reglamentariamente no está en nuestro elemento él poder ofrecerte otra cosa, sin que por esto yo pierda la esperanza de que tanto tú como los otros Oficiales legionarios de inmaculada conducta lleguéis algún día a categorías superiores y que no solamente se utilicen vuestros servicios en la Legión como así reglamentariamente está previsto ahora, sino que pudierais entrar como merecéis, en la Escala General de los Oficiales del Ejército, aunque para ello tuvierais que hacer las pruebas necesarias para demostrar vuestra competencia técnica, a lo que seguramente llegaréis con facilidad.
Así pues, hoy te digo al marchar, que dejo en todas partes consignado oficialmente mi deseo de que tú asciendas a Capitán de la Legión y si las circunstancias de la guerra no presentaran ocasión suficiente para proponerte por méritos de guerra, que se estudie con el mayor cariño y yo desde donde esté le apoyaré con todo mi entusiasmo el que, en cuanto reúnas las condiciones indispensables de tiempo, se te proponga para el ascenso a Capitán.
También añado que, dadas tus circunstancias sociales y personales en tu país, pudiera convenirle en algún momento él tener que marchar allá, y yo, reconociendo oficial y particularmente que tus méritos ya hoy son suficientes para ascender a Capitán, sin que considere preciso que hagas ninguno más, desearía que mi sucesor, que tendría que decidir en aquel momento, le busque por todos los medios las facilidades para que sin desprenderte de la Legión puedas ir y también estar el tiempo que necesites, y después, si quisieras, le reintegraras a la Legión para poder alcanzar ese grado de Capitán que yo deseo que alcances.
Estas palabras han de ser escritas, pues las estoy hablando delante del taquígrafo que tiene orden de irlas copiando, y yo sacaré dos copias: una que dejaré aquí para mi sucesor con mi firma, y otra que te entregaré a ti para que hagas de ella el uso que desees, pues esto es al mismo tiempo, un homenaje que te rinde tu Coronel” (25).
Y Millán-Astray le tendió su único brazo; Crespo, emocionado, abrió también los suyos, y los dos pechos se juntaron con entrañable cariño.
Esa fue la consagración definitiva del legionario Crespo de Guzmán, por el héroe fundador del Tercio.
(25)hoja de servicios, páginas 33 y 34.
EL CABALLERO DE LA PAZ
Una Real Orden del 29 de agosto de 1927 concedía a Crespo el ascenso a Teniente de la Legión por los méritos alcanzados del 1.° de octubre de 1925 al 30 de septiembre de 1926. Se le asignaba en el grado de Teniente la antigüedad de esta última fecha (26).
A fines de septiembre fue destinado a Ceuta para formar parte de la Sección de Enlaces de la Plana Mayor del Mando; se le encargó al mismo tiempo la Secretaría Particular de la Legión..
La guerra en Marruecos había terminado. Comenzaba la obra civilizadora. Ya estaban conquistados los montes y los desiertos; faltaba conquistar los corazones.
El oscuro legionario de 1921, Carlos Angulo
Rebolledo, era hoy el primer Teniente don Luis María Crespo de Guzmán, noble de España, caballero de San Fernando.
Sobre la frente nublada y pesarosa del joven que conocimos en Cuba, los triunfos y el recuerdo de la madre y de la Patria habían puesto una aureola de paz y de ventura.
Pasaban los meses. El Teniente descollaba entre los Oficiales de la guarnición.
Era para sus soldados, como lo afirma el legionario ecuatoriano José González Zubiría, “un amigo, más aún, un hermano… Con verdadera abnegación y cariño se esforzaba para que todos fuéramos distinguidos y respetados, alentándonos con su ejemplo y estímulo a obtener ascensos y brillante hoja de servicios”.
Su influjo en sus hombres era tal, que cuando en 1936 las tropas africanas iniciaron la segunda Reconquista española, sus viejos legionarios, algunos ya licenciados del Ejército, contándolo entre los más altos jefes del movimiento, comentaban: “El triunfo nacionalista no se hará esperar. España cuenta hoy con verdadero generales, con hombres de valor y de honor como Franco, Mola, Cabanellas, Varela y Luis Crespo de Guzmán; conductores como éstos salvarán a España y terminarán de una vez con la guerra más cruel y salvaje que registra la historia, pues esta guerra es la lucha de la civilización contra la barbarie” (27).
Entre sus compañeros de Oficialidad, Crespo de Guzmán era el Jefe valeroso, el caballero sin mancilla.
El Capitán laureado don Fernando Lizcano de la Rosa, a, mediados de 1927, decía a un legionario: “El Teniente Crespo es uno de los héroes de la Legión. Fue recibido con la misma indiferencia que todos los demás, pues en esa época ingresaban en la Legión cientos y cientos de voluntarios. Pero, días después, por valerosos actos de guerra, el señor Luis Crespo Guzmán fue ascendido hasta él más alto grado que podía obtener como extranjero. Este valiente legionario en una de las más crueles batallas, en la que fueron diseminadas varias columnas de la Legión, en un arranque de valor y de heroísmo, con un grupo se lanzó a la carga y él en persona con su arma mató siete moros, cayendo después gravemente herido y acribillado a balazos. Fue propuesto entonces para Oficial de la Legión, y en uno de los hospitales en donde se encontraba se le propuso se nacionalizara en España. Noble ejemplo de orgullo y de amor a su Patria dio este valiente militar rehusando el honor de las estrellas de Oficial antes que perder su nacionalidad de colombiano. No podía el alto Mando dejar de premiar tan grande heroísmo, consiguiendo al fin que su Majestad don Alfonso XIII firmara un decreto por el que se le podía hacer Oficial extranjero del Tercio. Hoy el Teniente Luis Crespo Guzmán es el orgullo de la Legión, pues con su coraje, valor y caballerosidad ha escrito con letras de oro en la historia de España grandes glorias para el Tercio, para España y para Colombia” (28).
Y los jefes de la Legión, Millán-Astray y de Liniers y Muguiro, el uno a fines de 1926, el otro en 1929, ampliaban su hoja de servicios con comentarios como estos: “Excelente Oficial, caballero distinguido de gran cultura, merece confianza y es muy apto para ser Capitán Legionario”. “Bravo, inteligente y laborioso, está entre los Oficiales legionarios más distinguidos” (29).
Por otra, parte, con su cortesanía y cultura, su modo de ser alegre y cariñoso, se ganó el aprecio de sus antiguos contendores, los marroquíes.
A partir de 1927, tres veces recorrió todo el territorio del Protectorado Español, de cabila en cabila, acompañado únicamente por sus tres asistentes. A la usanza árabe se presentaba ante las hartas con todos sus grandes uniformes y condecoraciones, en caballos regiamente enjaezados, servido por sus tres acompañantes entre venias y reverencias. Por el primer momento se le recibía respetuosamente, pero pronto se rompían las barreras y el respeto se convertía en cariño, y luego en entusiasmo.
Con mentalidad muy suya, los moros le pusieron un nombre, que traducido al castellano significa el hombre de los triunfos; más tarde se lo cambiaron por el de El hermano extranjero de los triunfos.
Crespo de Guzmán realizó una labor intensa de acercamiento y unión; quizás consiguió entonces más victorias que en todas sus campañas guerreras.
Así lo reconoció el Gobierno Español, y el General Primo de Rivera le concedió, el 2 de agosto de 1929, la Medalla de la Paz de Marruecos (30)
El héroe de la guerra era ya entonces; el caballero de la paz.
(26) Diario Oficial, número 191; Hoja de servicios, página 34.
(27) Declaraciones del legionario ecuatoriano José González Zubiría, publicadas en Diario del
Pacífico el lunes 23 de noviembre de 1936.
(28) Declaraciones antes citadas.
(29) Hoja de servicios, página 37.
(30) Hoja de servicios, página 36.
REFLORECENCIA DEL CORAZÓN
Su alma, florecida para el sacrificio y la vida heroica y bella del campamento, se abrió también dulcemente para el amor.
Su corazón volvió a palpitar aceleradamente ante los dulces ensueños de una vida de familia, como lo hiciera años antes en Colombia. Pero esta vez había cifrado sus ilusiones en una mujer digna y santa, verdadera española.
Y el amor del militar que había rehecho su vida en el crisol de la guerra marroquí, fue, como él mismo escribía, “el amor más espiritual que se concibe, pero también un amor ardiente”.
Era a fines de 1925; Crespo de Guzmán, recién ascendido a Alférez, pertenecía a la 5ª Bandera, y era su Capitán Don Luis Santacruz y Teigeiro, quien tenía como novia a Ascensión Villalón y Mateo, de la primera nobleza castellana, hija y nieta de militares.
Nació entre el Capitán y el Alférez una de esas amistades íntimas, e identificados en ideales, con un mismo carácter y una misma cultura y educación, se quisieron como hermanos.
Un día hablaban de madrinas de guerra, lo que estaba en auge en ese tiempo.
— “Oye, Crespo, — le dijo el Capitán — a ti que te gusta escribir y eres un poco romántico te convendría una madrina de guerra como mi cuñada Caridad; es una muchacha muy bonita, inteligente, y tiene el tipo de mujer que a ti te gusta; ¿quieres que te ponga en comunicación con ella?”…
Y Luis y Caridad empezaron a escribirse. Para Caridad fue Luis el extranjero noble y heroico que luciera gallardo en el Tercio. Para Luis fue Caridad desde el primer momento de la mujer poco común en ideas, sentimientos y educación. Para ambos, al través de las cartas se fue tejiendo una ilusión: era el primer soñar de la, mujer, la primera lluvia benéfica en el alma solitaria del legionario. Y sin verse, se amaron.
Entró el año 1926. Era el 9 de mayo. Las tropas españolas combatían fieramente. Esa batalla se ha llamado después “la batalla de los Morabos”. En momentos en que el Capitán Santacruz indicaba a Crespo el sitio por donde debía avanzar para tomar unas trincheras, recibió un balazo al pie del corazón; instantes después moría en brazos de su amigo. Este piadosamente le cerro los ojos, recogió su cartera, su reloj y su pistola, y ahogando las lágrimas le besó fraternalmente. Luego dispuso el retiro del cadáver, y avanzó contra el enemigo. Guió sus tropas en brillante asalto, lleno de rabia, buscando la venganza de su hermano. Cuando las tropas legionarias volvieron al Campamento, dos pendones moros quedaron rendidos a los pies del cadáver.
En octubre de ese año, al ir a España para ser recibido en la Real Academia Hispano Americana, Crespo pasó a Zaragoza para llevar a la novia de su amigo las cartas, retratos y demás objetos del Capitán. Allí conoció personalmente a Caridad, y resolvieron formalizar sus relaciones. Para esto se necesitaba el consentimiento de la madre de Luis, pero él no recibió contestación de Colombia; hubo de dejar interrumpida toda comunicación con su novia; hasta creyó que se había casado con un pariente que la pretendía.
Crespo, un hombre ya formado en ruda lucha con la vida, vio de nuevo romperse sus ideales, sufrió mucho, pero serenamente, con resignación, se entregó con ardor a sus deberes militares.
Pasaron tres años. Luis no olvidaba. En octubre de 1929 llegó a Ceuta una familia castellana en viaje de recreo. Quería visitar el Norte de Marruecos, y estuvo en Riffien, la casa solariega de la Legión.
Allí fue atendida por la Oficialidad. El Secretario de la Legión, Teniente Crespo de Guzmán, les fue presentado. Tan pronto oyeron su nombre le preguntaron si conocía a Caridad Villalón y Mateo, y si era él quien había tenido relaciones con ella. Le contaron que la muchacha no había querido casarse; que había sido muy pretendida en Zaragoza y en Madrid, pero que ella seguía pensado en “el legionario colombiano” y que soñaba siempre con una tienda de campaña…
Crespo, mudado el semblante, oyó todas estas noticias, y pocos momentos después se retiró. Volvió a escribir a Caridad, y floreció de nuevo la esperanza que ambos guardaban en el corazón.
Cuatro meses después el Cónsul de Colombia en Madrid pedía para Luis la mano de Caridad, y en julio de 1930 Millán-Astray y el Embajador colombiano, doctor José Joaquín Casas, firmaban como padrinos el acta de matrimonio.
Y Crespo de Guzmán acrecentó la raza de sus padres. Caridad Delfina y José Luis fueron los tiernos capullos formados amorosamente en el hogar del cristiano militar.
Cuatro años después, todas las noches, cuando Crespo llegaba del Cuartel, salía gritando a recibirle una niña, su primogénita, y la madre le presentaba en los brazos a su hijo para que lo besara en la frente.
Luego, Luis, sentando en sus rodillas a la niña, le hablaba con amor de Mamá linda y del Niño Jesús, y también de una mamá viejecita que vivía lejos, muy lejos, y quería que fuera a verla para besarla… El legionario callaba y sus ojos se empañaban con las lágrimas. Entre tanto, la madre apretaba contra su pecho y besaba al pequeñito…

FUERZAS LATENTES
Hablando del legionario, entramos ya en el quinquenio último, angustioso para la vida española.
Con la caída del gobierno de Primo de Rivera empezó a derrumbarse la monarquía. En 1931 Alfonso XIII, el rey débil, dejó indefensa en las garras crueles de la izquierda, a la mayoría monárquica española, “con el fin de evitar un derramamiento de sangre”; como si no hubiera sido timbre de gloria en su reinado el sujetar con mano férrea y pujante a la revolución vocinglera para el engrandecimiento de la Patria.
El ejército, aguerrido e indomable, que siguiera tras el rey por el camino del honor y la victoria, se detuvo indeciso un instante y luego con disciplina militar, aunque inconforme, tomó la ruta del sacrificio, obedeciendo al nuevo gobierno de España.
Y comenzó la vida insoportable de la destrucción y la nueva era de los mártires. Sólo el soldado español, impasible, entre la confusión del castillo, vigilaba, y en silencio rendía honores a la bandera patria, allá, en la torre del homenaje.
Luis Crespo de Guzmán, oficial extranjero de la Legión, recibió el grado de capitán al comenzar el año 1934.
La persecución gobiernista a todo lo grande, patriótico y cristiano trajo como reacción inevitable el agrupamiento de los hombres de derecha. Primero Gil Robles fundó la “Ceda”, partido de restauración pacífica, de tímido carácter. Luego, José Antonio Primo de Rivera fundó la “Falange Española”.
La Falange no es una importación italiana. Es un resurgir glorioso de la España Imperial de Carlos V. Allí se reunieron los patriotas idealistas, inconformes con la España hija de Rusia; allí los jóvenes aprendieron a amar la patria, se formaron en disciplina militar y en el hábil manejo de las armas anhelando por la segunda reconquista; allí se sintió el palpitar orgulloso de la vida en un pueblo, y se saludó brazo en alto al grito de ¡arriba España!
Siete meses después de fundaba, la Falange se extendía por toda la Nación. Muchos miembros del ejército formaban en ella. Crespo vio esa fuerza que surgía poderosa y fue propagandista y Jefe de Falange en África y Asturias.
El valor indomable de Crespo de Guzmán se puso a prueba en la Península por vez primera en 1934.
Cuando el levantamiento rojo, en momentos de angustia y convulsión, a órdenes del Coronel Yagüe, el formidable “Toro blanco”, precipitadamente se lanzó con sus legionarios sobre Asturias. Contribuyó con arriesgado avance a la pacificación de Oviedo, y con hábil estrategia, en los Picos de Europa, tan fragosos y cortados como las sierras del Atlas, rindió a los feroces mineros anarquistas.
Normalizada la vida en el norte de España, su heroica columna fue condecorada con la Medalla Militar, y Crespo de Guzmán, como hombre de confianza y arrojado, fue Jefe de la guarnición de Oviedo donde permaneció hasta fines de 1935.
Cuando en este año Gil Robles nombró al General Franco Jefe del Estado Mayor Central, éste se propuso organizar y dotar al ejército de todos los armamentos necesarios en la guerra moderna. Su segunda intención era prepararlo para resistir en el caso probable de un levantamiento comunista.
Crespo, formado en la Legión a órdenes de Franco, era hombre de toda su confianza. Por eso una de sus primeras determinaciones fue volverlo al África, donde gozaba de gran prestigio entre todas las tropas.
Nuestro Capitán volvió al Protectorado, y fue meses después, cuando Azaña subió al poder y el Frente Popular rompió todas las vallas de la justicia, el enlace entusiasta que recorrió las avanzadas de Marruecos convenciendo con su calor y hombría a todos los Jefes y Oficiales de la obligación inaplazable del movimiento libertador.
El “Diario de Zaragoza” el tres de diciembre de 1936 afirma: “Fue elemento destacadísimo en la sublevación; escogido por los jefes supremos, llevó a cabo como elemento de enlace entre las zonas de Ceuta y Melilla trabajos admirables que dieron por resultado la unanimidad en las opiniones, la solidaridad entre todas las fuerzas para levantarse contra el régimen. Su poder de convicción era realmente avasallador”.
Y así tenía que ser, porque como dice en otra parte el mismo diario, “le admiraban los subalternos, camaradas suyos de otro tiempo, le querían sus compañeros, le respetaban todos por sus excepcionales dotes, su bravura sin mengua y su capacidad única”.
Así respondió “el colombiano” a la confianza de sus jefes.

ANHELOS Y MUERTES
Ya pronto se llegaban los quince inviernos pasados fuera de la Patria, pero en el corazón de Luis toda la nieve caída sobre Europa no lograba resfriar la llama ardiente de su amor a Colombia.
Instante por instante, en todos los años de su voluntario destierro sólo tuvo una ilusión: atravesar de nuevo las anchas aguas del Atlántico y volver a la bella tierra donde su madre y sus hermanos le esperaban ansiosos.
En 1926 creyó cumplido su anhelo al terminarse la guerra en Marruecos, pero diversas circunstancias le impidieron realizarlo. Para el año nuevo de 1929 tenía obtenida una licencia por nueve meses, y las agitaciones de la Península obligaron al gobierno a rescindirla pues quería contar con todas las unidades para cualquier emergencia. Tal estado de intranquilidad se sostuvo hasta la caída de la monarquía; entonces juzgó Crespo falta de valor y de compañerismo militar el abandonar al ejército, retirándose antes de la batalla. Así, su honor de soldado, y de soldado colombiano, le distanciaba cada vez más de los linderos de la Patria donde soñaba su espíritu.
Pero hasta comenzar el año 1936 las amarras no se habían roto. Ataban su alma al valle nativo el amor a la bandera, a la madre anciana y cada vez más querida, y el recuerdo cariñoso de sus hermanos.
La tragedia quiso cortarle toda esperanza, y procuró ahogar su noble espíritu en un salobre mar de angustias y dolores.
A mediados del año, mientras visitaba el Zoco de Abdaar, posición bien adentrada en el desierto marroquí, tuvo noticia de la muerte de su hermano Eduardo, villanamente asesinado en Cali; un mes después supo que su madre había cerrado para siempre los ojos bendiciéndole y añorándole.
Aquí volvemos a admirar la grandeza del héroe y del cristiano. A la muerte de su hermano lloró y por un momento sintió hervir la sangre de coraje al ver profanado ese recuerdo queridísimo; pero al recibir al Señor en los funerales que hizo celebrar por el descanso de su alma, perdonó, como él mismo escribe, al asesino, rogando a Dios que también le perdonara.
“¡ARRIBA ESPAÑA!”
Cuatro días después, el 17 de julio, se levantó en armas el ejército de África.
En Melilla, al mediodía, gran agitación en los cuarteles. La hora fijada para la insurrección es la de las cinco de la tarde, pero el General Romerales, masón, y a quien hay que destituir, ha tenido por la mañana noticias del movimiento y a las once llama en auxilio del gobierno, a las organizaciones anarquistas de la ciudad.
Es necesario adelantarse. Todos los Jefes y Oficiales se encuentran en sus puestos, y la tropa, sobre las armas, espera en los patios.
En los cuarteles a la una de la tarde las bocas de los cañones se divisan en las azoteas y aparecen ametralladoras en los huecos de puertas y ventanas.
Con el saludo de ordenanza se iza la antigua bandera española, rojo y gualda, y los legionarios de Crespo de Guzmán y Tiede después de rendirle honores, a una orden del Teniente Coronel Helio Rolando de Tella y Cantos se lanzan a la calle.
Los hombres de la F. A. I. y la C. N. T. dominan en las plazas; en la Comandancia, Romerales les ha dado armas y municiones.
Hay tiroteos que siembran la alarma, combates parciales que son dominados con rapidez.
A las dos y media todo está ya tranquilo; Romerales encarcelado; al frente de la Comandancia el Coronel Solans; los caudillos anarquistas fusilados en las afueras de la ciudad.
A las tres el gobierno de Madrid se entera de que algo anormal sucede en Marruecos.
El Jefe del Gobierno, Casares Quiroga, trata de comunicarse telefónicamente con Melilla. Le responde un Oficial. El Ministro pide que pase al aparato el Comandante General. Minutos después, una voz:
A la orden.
— ¿Con quién?
— Con el Coronel Solans.
Dispense, Coronel. Habla con Casares Quiroga.
Le debieron informar mal. He llamado al General Romerales.
Una voz firme llegó hasta Madrid informando:
— El General Romerales no puede pasar al teléfono porque lo acabo de mandar al calabozo.
La comunicación se interrumpió. Vanos fueron los esfuerzos del Ministro por reanudada. Alarmado e inquieto, llama a Tetuán al General Gómez Morato, Jefe de las fuerzas en África. Este desconoce lo que ocurre en Melilla, pero ofrece averiguarlo inmediatamente. Toma un avión y se dirige a dicha plaza. Al bajar del avión se encuentra rodeado de legionarios. El Capitán Crespo de Guzmán, se le acerca, y sin saludarle apenas le conduce ante el Coronel Solans.
— General, nos hemos sublevado para salvar a España. Está usted preso.
Las bayonetas del Tercio relumbran al sol de la tarde. Gómez Morato se entrega a los soldados.
Entretanto, se realiza el alzamiento en Tetuán. Para las cinco todo está terminado.
Esa noche la guarnición de Ceuta ocupó las calles de la población sin disparar un solo tiro.
El 18 por la mañana las primeras fuerzas africanas pasan a Cádiz. La marina toma parte al lado del gobierno después de asesinar a sus Oficiales. Sólo queda a los rebeldes el Cañonero “Dato”.
El mismo día se sublevan el General Queipo del Llano en Sevilla, Aranda en Oviedo, Fernández Buriel y Goded en Barcelona, Fanjul y Quintana en el Cuartel de la Montaña de Madrid, y las guarniciones de Cádiz, La Coruña, San Sebastián, Valencia, Zaragoza, Toledo y cien sitios más.
Los falangistas y requetés, entusiastas, se unen en todas partes al ejército.
Mola es Capitán General de Navarra. Reside en la ciudad de Pamplona. Se acaba de levantar en armas. El hecho no es conocido todavía en Madrid.
Una llamada telefónica a la Capitanía.
— ¿El General Mola?
– A sus órdenes.
— En las actuales circunstancias la República necesita contar con todas sus fuerzas. El gobierno espera que usted no rehusará la Cartera de Guerra…
— Agradezco la designación, pero me es imposible aceptar el cargo. En este momento me rebelo con Navarra entera.
Y rió. Al otro lado, su interlocutor soltaba
una blasfemia.
Era el amanecer del 19.
Un avión cortaba majestuoso los aires. Debajo, el mar, tranquilo, ocultaba en su seno las borrascas. Al norte, más allá de la bruma, estaban las costas de España, donde el fulgor de las bayonetas y las líneas de cañones bordaban en sangre el límite entre la civilización milenaria y la barbarie nueva. Al este, oculto también por la distancia, estaba Marruecos; allí 30.000 hombres con un solo corazón le esperaban.
En ese avión iba Franco, la esperanza de España.
Al partir de Canarias, el 18 por la tarde, había, dado su consigna: “Fe, fe absoluta en el triunfo”.
A las siete de la mañana a lo lejos apareció Tetuán. Giró el avión ampliamente sobre la ciudad, y descendió al aeródromo. El primero, apareció en la escalerilla el General Franco. Vítores y aplausos entusiastas salieron de la multitud. El Tercio y los Regulares marroquíes rindieron honores.
Rodeado de Oficiales y amigos el Caudillo sonreía. Sus palabras fueron un himno al ejército y a la verdadera España. Franco estaba entre los suyos.
¿Adónde iba la revolución?
Mola contesta en la plaza de Pamplona: “A imponer el orden, a dar pan y trabajo a todos los españoles, a hacer justicia, edificar un Estado grande, que ha de tener por gallardo remate la Cruz, símbolo de nuestra religión y de nuestra fe, lo único que ha quedado y quedará en esta vorágine de locura en que han sumido al pueblo español”.
¿Y el ideal?… ¿Cuál es el ideal?
Franco lo dice en Tetuán: “Fe ciega. Firme energía, sin vacilaciones, pues la Patria lo exige… Cada uno a su puesto. A cumplir con su deber. Por España y para España, todo nos parecerá poco. La vida ofrendada en su holocausto es una gloria si la Patria ha reconquistado su grandeza y se ha vuelto a encontrar a sí misma”.
Luis Crespo de Guzmán entra ya, y se pierde orgulloso en los caminos de la guerra…

EL PASO DEL ESTRECHO
Los primeros días del movimiento, en África fueron de expectativa y preparación.
Sin escuadra para pasar el Estrecho, los soldados se adiestraban y los Jefes en intensa propaganda hacían vibrar el alma de la tropa por la grandeza de la causa que defendían.
Muy pocas unidades pasaban a la Península en los aviones que a este efecto viajaban continuamente, y esas eran miradas como favorecidas por la suerte.
De repente el 4 de agosto supieron los legionarios que un convoy de seis barcos protegidos por el “Dato” y los aviones de guerra se aventurarían en el estrecho a pesar de la marina gobiernista.
Bien lo había pensado Franco. Todos esos otros barcos que parecían dominar entre Ceuta y Algeciras meciéndose en el mar con tambaleo de ebrios, eran sólo la sombra, el fantasma de la vieja Marina española, porque sin Capitanes expertos y Oficiales artilleros capaces, estallan en nimios de la marinería sublevada y anárquica.
El 5 por la mañana el convoy estaba preparado. Ocupaban los barcos de transporte la 1ª y 4ª Banderas del Tercio y varios tabores (31) de regulares; en total 3.000 soldados, y una dotación de municiones y baterías para auxiliar a las guarniciones de España.
La 16. Compañía del Tercio, que formaba en la 4ª Bandera, estaba a órdenes del Capitán colombiano Luis María Crespo de Guzmán.
A las dos de la tarde la expedición salió de Ceuta. Los legionarios sobre cubierta, cantaban su himno y vivaban a España y al General Franco.
Desde la costa se seguía con ansiedad la marcha de los barcos. Allí estaba el futuro de la guerra.
Ya la expedición en la mitad del estrecho, aparecieron las unidades gobiernistas que se lanzaron como gavilanes ávidos de la presa.
El “Dato” Salió a su encuentro. El “Alcalá Galiana”, el más adelantado de los rojos, refrenó la marcha. Ya a tiro, ambos dispararon sus cañones y se trabó el combate.
La valentía y desprecio de la muerte de los marinos del “Dato”, que entraba heroico y sin vacilaciones en la zona de fuego, entusiasmó a los legionarios, y éstos, llenos de coraje y fusil en mano, pedían entrar al abordaje para apoderarse de los buques rojos.
De repente cuatro aviones volaron sobre el mar y lanzaron sus granadas sobre los barcos gobiernistas que inexpertos en su puntería y llenos de miedo, viraron con veloz huída hacia el puerto de Málaga.
La expedición entró sin contratiempo a Tarifa. España entera se estremeció de gozo; la temida Legión venía en su auxilio. Y las aguas del Mar al besar en suave oleaje las playas africanas parecían decir en su murmullo: ¡El Estrecho por Franco y por España!
Las tropas, en rápidos transportes avanzaron con marcha triunfal a Cádiz, y de allí a Sevilla, para lanzarse de pujante acometida sobre Mérida y Badajoz y hacer contacto con el Ejército del Norte.
LA MARCHA DE LOS HÉROES
El 6 de agosto llegó el Capitán Crespo con su Compañía a Sevilla, y el día siguiente marchó al norte a órdenes del Coronel Yagüe.
Había que remontar los empinados terrenos de Extremadura.
Una vez en el frente, sus tropas ardorosas se lanzaron el 8 al combate. El mandó una de las tres columnas que al atardecer entraron en Zafra. Los gobiernistas tras tenaz resistencia tuvieron que abandonar sus trincheras y la ciudad.
En su seguimiento marchó al ataque al día siguiente; con las ametralladoras barrió la carretera y al medio día esperó órdenes a dos kilómetros de Almendralejo. Llegado el fuerte de la columna, en extrema vanguardia asaltó a la bayoneta las trincheras que dominaban la población; fue un canto épico, recuerdo de la guerra africana. Esa misma tarde la bandera española ondeó en la fachada del Ayuntamiento.
El 10 en las primeras horas de la mañana la Legión tenía al norte las fortalezas de Mérida, y al otro lado el ejército de Mola amenazaba también la “villa de piedra, poblada de almenas y torreones.
Allí se realizó, con sorprendente golpe de estrategia, la unión de los ejércitos salvadores. Juntos ya, siguieron la ruta gloriosa…
Las fuerzas de Yagüe y Asencio están el 12 a las puertas de Badajoz.
La “ciudad-castillo” se extiende a orillas del Guadiana; la rodean hermosas arboledas; el trigo, no segado aún, mece sus doradas espigas, se arremolina con tranquilo oleaje y susurra…,
Sobre las murallas muestran sus bocas aceradas los cañones, y desde la torre del Hospital Militar las ametralladoras dominan el avance de las tropas españolas.
Yagüe reunió su artillería ante la Puerta de la Trinidad, y con amplio abrazo, abrazo de acero, rodeó las murallas. El Coronel Castejón se situó frente al cuartel de Menacho, y los moros acamparon cerca de la Puerta de los Carros.
Al atardecer del 13 de agosto la artillería
inició el ataque, que se continuó por todo el día siguiente.
En la mañana del 15 la artillería ha abierto una enorme brecha a las murallas, y a las once vuela por los aires en explosión gigantesca el Fuerte de San Cristóbal; sus torres se deshacen en el humo y una lluvia de piedras cae sobre la ciudad.

Son las tres de la tarde. Yagüe anima a las tropas llenas de febril impaciencia, con una sola frase:
— ¡Muchachos! El gobierno de Madrid dice que sois frailes disfrazados. Pues bien; ¡entrad a Badajoz a decir misa!
El clarín legionario resuena en timbre agudo, mientras se silencian los cañones. Es la señal del asalto.
En avalancha impetuosa legionarios y moros se lanzan por la brecha con el cuchillo en la boca, “relámpago de plata en la sombra oscura de sus rostros”.
Crespo de Guzmán lleva sólo de su Compañía 200 hombres que cantando marciales el himno de la muerte se empujan por las estrechas callejuelas entre el fuego y la metralla.
Castejón, dueño ya del cuartel se lanza también por el otro lado a las calles.
De los de Crespo solamente 35 soldados llegaron a la de Calatrava luchando varonilmente cuerpo a cuerpo bajo las ametralladoras que los dominaban.
A ellos se acerca Yagüe, con su cuerpo de atleta, y ebrio de coraje llama:
— ¡Soldados! ¡A mí la Legión! ¡Seguidme! La pequeña tropa electrizada se lanzó a pecho desnudo.
El vestido del Coronel, que avanzó el primero en mortal ataque, quedó desgarrado; lo detenía un brazo robusto, el de Crespo, que con los ojos chispeantes, pero tranquilo en su fiereza, le impidió una hazaña inútil y le salvó la vida.
Ante el triple empuje concertado, la resistencia se deshizo. Poco a poco apagaron las ametralladoras su voz de muerte. Los gobiernistas huyeron de la ciudad, señalando su camino en los trigales de oro.
¡Badajoz, la imposible, está tomada!
Dos días después, Crespo de Guzmán cubiertas las bajas de su Compañía, marchó al Guadarrama a conquistar pico a pico y cresta a cresta las defensas naturales de Madrid.
Allí le dejamos, como un aguilucho sobre la serranía…
MOLA ANTE IRUN
En el norte estaba el gran peligro para la revolución española.
El Frente Popular francés auxiliaba con grandes contingentes de armas y municiones al gobierno de Madrid, y la ruta fácil y natural era la de Irún.
El único recurso que se presentaba era el de llevar la bandera hasta los límites con Francia. Y allá marchó Mola con sus hombres el 16 de agosto.
La posición estratégica de Irún es formidable. Colocado a la orilla izquierda del Bidasoa, con sus fortificaciones modernas y abruptas montañas, había sido el centinela imponente de la Patria en la frontera, y era ahora el mejor soldado de la anti-España. Y si inexpugnable aparecía para una invasión extranjera, aún lo era más para el que quisiera atacarlo desde el interior.
La única ruta en poder de los nacionalistas, la carretera de Pamplona, sube a orillas del Bidasoa bordeando los montes que se extienden hasta el mar. A la derecha está el río con sus islotes bajos. A la izquierda, sobre el barranco, la muralla fortificada, el Aya y el Andorregui, coronados por los fuertes de Papagogaña, Erlaitz, Turiarte y el ya famoso a fines de la Edad Media, de San Marcial.
Este último ha sido la gloria de España desde la célebre victoria sobre Francisco 1 en 1552: no logró el gran rey con todas sus huestes domeñarlo.
Napoleón al invadirla, arrojó sobre España en su primer empuje 300.000 guerreros, y hubo de dar un rodeo después de estrellarse contra sus murallas.
Ahora, defendido con armas las más modernas, San Marcial era la defensa de Irún que 600 metros más abajo se tendía tranquila y confiada.
Además, allí estaban concentradas las mejores tropas de choque del gobierno de Madrid; comunistas, nacionalistas vascos, mineros asturianos, franceses, rusos, alemanes e italianos anarquistas, gentes nacidas entre el odio, ennegrecidas por la dinamita y la pólvora, componían su guarnición.
Era empresa de locos el intentar tomarlo, pero allí estaba guardada la llave de la victoria, porque San Marcial cerraba la comunicación con Francia y abría los caminos de San Sebastián. ¡Y los héroes saben hacer locuras para salvar la Patria!
Mola fue en persona a dirigir el asalto.
Tras siete días de combate, con pérdida de más de 3.000 hombres, tenía delante a San Marcial; el resto de las fortificaciones estaba en su poder.
Doce asaltos dirigió contra la fortaleza gris rodeada por cinco líneas de trincheras. Ni una sola estaba tomada para el 30 de agosto. Más de 9.000 muertos rodeaban en fúnebre homenaje el castillo inexpugnable.
¿Y qué hacer? ¡Triunfar! Esta primera derrota, en las fronteras, daría alas a Francia y a Madrid, y sería un golpe mortal a la disciplina y a la causa de la Segunda Reconquista.
Para una última y desesperada tentativa llegó del Guadarrama una Columna legionaria: la de Crespo de Guzmán. Sus 300 hombres se unieron al ejército de Mola el 1º de septiembre.

SAN MARCIAL
¡Irún…, San Sebastián…, Madrid!… Los tres objetivos que el entusiasmo por la causa y el amor a España ofrecen a los soldados en un próximo ensueño de victoria.
Estamos ante Irún… Amanece… En la altura, firme se destaca contra los cielos la silueta imponente del Castillo de San Marcial.
Silencio… La noche lentamente recoge sus sombras.
Luego el toque de diana se extiende poniendo en todas partes un estremecimiento de vida. Las cornetas suenan aquí, y allá a lo lejos. Es la voz de la Patria que exige el sacrificio.
Poco a poco van saliendo, alegres, los soldados. Luego, voces de mando, ruido de armas, movimiento. Más tarde tiroteos sin importancia y uno que otro cañonazo enemigo.
De la casa donde se aposentan el General y su Estallo Mayor, sale un Oficial. Alto, vigoroso; ya le conocemos. Crespo de Guzmán ha ofrecido tomar con sus legionarios el Castillo. No importan las doce tentativas inútiles y los nueve mil muertos. Si otros han fracasado, él tiene confianza en sus hombres, en la causa y en Dios! Y sale confiado y sonriente.
Reúne su Bandera, la 4ª Bandera del Tercio. Quiere entusiasmar a sus soldados; fórmales en la plaza del campamento. Allí, aquellos trescientos hombres entonan su himno, el Himno de la Legión. Son trescientas voces fuertes, varoniles, que cantan:
… Mi divisa no conoce el miedo;
mi destino tan sólo es sufrir;
¡mi bandera, luchar con denuedo,
hasta conseguir
vencer o morir…
Son trescientos corazones formados por el África en sus luchas homéricas, que recuerdan sus viejas campañas.
Y de entre la tropa una voz bien timbrada, grave, impetuosa, que penetra el alma como la voz del honor:
¡Legionario! ¡Legionario,
de bravura sin igual!
si en la guerra hallas la muerte,
tendrás siempre por sudario,
legionario,
la BANDERA NACIONAL.
El Capitán, al frente de sus legionarios, firme, ve pasar ante sus ojos aquellos días del año 21, en que soldado, y convaleciente en un hospital, escribiera esas estrofas. Y conmovido hasta el fondo del alma, poniéndola toda en sus palabras, dijo hoy a sus soldados, al terminar: “¡Legionarios! ¡Legionarios, de bravura sin igual! si en la guerra halláis la muerte, tendréis siempre por sudario, legionarios, la bandera nacional”. Y en los ojos de aquel hombre que jamás temió la muerte, el recuerdo hizo brillar una lágrima de orgullo y amor.
Luego dispuso la acción. Dio sus órdenes y marchó a las avanzadas.
Abrieron las baterías nacionales un intenso fuego en las dos alas, y de repente, la Legión, seguida por setecientos requetés, se lanzó a trote largo sobre las trincheras enemigas. Nada de fusiles; bombas de mano, el cuchillo entre los dientes como en sus luchas africanas, y las pistolas dispuestas…
El Abanderado anónimo, iba tras el Tercio con su pendón enhiesto. A medida que las tropas avanzaban se llegaba él y entre la lluvia de balas y metralla clavaba en el suelo su estandarte, quedando en medio del campo, solo y firme, con la cabeza erguida, mientras el ejército ganaba terreno.
Muchos habían caído ya al llegar a la primera trinchera; algunos murieron allí en lucha formidable cuerpo a cuerpo. Luego, tras los enemigos que huían. Sólo un grito:
— ¡Arriba! ¡Adelante! ¡A la segunda línea!
¡Y adelante fueron todos los vivos! ¡A la segunda línea! ¡Y Ibas adelante; a la tercera! Allí un contraataque, una avalancha roja entre aullidos y blasfemias… Y entonces se vieron bayonetas relampagueantes que atravesaban rabiosas las carnes, para salir después bermejas y húmedas; granadas y pequeños obuses que al caer, volvían a levantarse en polvaredas y destrozos humanos; ametralladoras que segaban momento por momento las vidas en flor de los valientes… Cuando llegaron los requetés, sólo quedaban cincuenta legionarios, un Teniente y el Capitán…, pero vencedores!
— ¡ Ahora a la cuarta trinchera!
Y para llevar entusiasmo a los soldados se ordenó:
— ¡Los jefes y sargentos adelante!
Crespo de Guzmán, que dio la orden, se lanzó el primero. Al entrar en la cuarta línea recibió en el muslo una descarga de ametralladora. Cayó. Quisieron le retirar, y no lo permitió.
Apoyado en el brazo de su asistente, las pistolas en la mano, haciendo certeros disparos, se apoderó de la cuarta y quinta trincheras. Tras breve lucha dentro de los muros, el enemigo desmoralizado huyó, y España tomó el Castillo!
Sólo catorce de trescientos legionarios, y trescientos de los setecientos requetés llegaron al triunfo…
Era mediodía del 2 de septiembre de 1936. Un cielo sin nubes. Al norte, el asear Cantábrico indomable, elevaba en su murmullo eterno un himno a los vencedores. Al sur, toda España se estremecía como un solo corazón al ver llegar a la cumbre la bandera triunfal. Desde las avanzadas, quince mil hombres contemplaban en silencio a aquellos héroes. Irún estaba en sus manos; ya no tenía ninguna defensa.
En la frontera un general francés exclamaba lleno de estupor: — ¡Esas trincheras son Indomables para hombres; pero esos eran unos diablos o unos locos!
¡No! ¡Eran unos héroes!
Las campanas, al otro lado de la frontera, tocaban el Angelus del mediodía, cuando la bandera española, triunfalmente se abrió a los vientos sobre la fortaleza. Crespo de Guzmán, apoyándose dolorosamente sobre el hombro de un soldado, en un ímpetu supremo e inspirado, desenvainó la espada y lanzó por vez postrera su grito de victoria:
— ¡Viva Colombia! ¡Viva España! ¡Viva la Legión! Y cayó.
A lo lejos las bandas militares entonaban la Marcha Real…
Ese mismo día, al anochecer, el ejército ocupaba las primeras calles de Irún. A la rojiza luz del incendio brutal, aquellos hombres parecían semidioses antiguos. España estaba salvada porque entre el Gobierno rojo de Madrid y el Frente Popular francés se erguía imponente la mole de San Marcial.

EN EL HOSPITAL DE PAMPLONA
El Capitán herido fue trasladado esa misma tarde en un avión a Pamplona.
Antes de partir, el General Mola le visitó.
Al verle entrar, Crespo quiso incorporarse en su camilla; no pudo. El noble General le estrechó entre sus brazos. Luego, tras breves palabras le preguntó cariñosamente si necesitaba algo. Los ojos del Legionario relampaguearon, se estremeció su cuerpo, y con orgullo y valentía exclamó:
— Sí, General. ¡La victoria! ¡Entrar en Madrid al frente de mi Bandera!
En el rostro de Mola brillaron dos lágrimas; el mejor tributo al héroe caído.
En el Hospital Militar de Pamplona fue operado y atendido con toda solicitud.
El 8 de septiembre estaba muy postrado por los dolores y la fiebre, cuando sintió pasos precipitados a la puerta de su cuarto. segundos después una bella señora y dos niños le besaban llamándole:
–¡Mi Luis!
— ¡Papacito … Papacito!
Eran su esposa y sus hijos que volaron presurosos al tener noticias de su herida, y acababan de descender del avión que hasta allí les condujo. Así pudo gozar de nuevo del amor de los suyos.
Pasaron los días; se inició el restablecimiento. El 15 varios periodistas le rodearon y la relación de sus hechos ocupó los diarios de Pamplona. En ellos se escribió que era uno de los primeros Oficiales del Ejército y que todavía daría a España muchos días de gloria.
¡Ay! Su mejoría era aparente.
El 1º de octubre le acometió una fiebre altísima, que al cabo de dos meses y tres operaciones le llevó al sepulcro. El único recurso era cortar la pierna, y el soldado no quería.
Desde entonces todo fue tristeza y luto, hasta su lecho iban, cuando los médicos lo permitían, sus compañeros de armas; él sonreía y hablaba entusiasta de la guerra. Los veía luego marchar al frente y le invadía la tristeza; sólo su mujer y sus hijos lograban consolarle.
Muchos Oficiales llegaban, como él, heridos; después sanaban y volvían al combate. El los veía llegar, sanar, irse… y allí se quedaba.
Al pie de su ventana desfilaban las tropas entre himnos y aplausos… la corneta del cuartel vecino le traía en sus notas la diana de campaña…; seguía una a una las victorias…, la toma de San Sebastián…, las hazañas del Alcázar…, la resistencia de Oviedo…, el avance sobre Madrid…; sus ojos vivían en la vanguardia…, se fijaban anhelantes en las banderas que tantas veces vieran ondear en los momentos álgidos de la batalla … para su oído todo eran marchas militares y “paso de ataque”… hasta él llegaban, a través de la distancia, los himnos legionarios y los cantos a la muerte…
Y en sus delirios soñaba. . . Al frente de sus hombres entraba al combate entre la pólvora y el humo; las tropas, a su voz, se lanzaban entusiastas sobre las trincheras rojas con la bayoneta calada ya tinta en sangre. Era el triunfo; era la gloria…; era España…; era su Patria gloriosa, Colombia. . . Y al despertar…, en la misma cama, inmóvil, con su pobre pierna acribillada…
A pesar de tanto sufrimiento, era la alegría del Hospital. Cuando la liebre bajaba, sus cuentos, sus entusiasmos, sus pronósticos sobre el futuro de la campaña llenaban a todos de contento.
Los dolores de su alma solamente los conocía su confesor, con quien diariamente hablaba a solas durante media hora; los demás los adivinaban en sus delirios…
Así purificó su espíritu; así soltó Dios, poco a poco, las últimas amarras de su barca…

LA MUERTE DEL LEGIONARIO
Es el 1° de diciembre de 1936.

Hace siete días en la herida de Crespo de Guzmán ha aparecido la gangrena y es indispensable cortarle la pierna.
El Capitán se resiste. Soñaba con entrar en Madrid al frente de sus legionarios, en el ataque decisivo, guiando las Banderas del Tercio. Si ha de ser un pobre inválido, si no puede volver a mandar sus tropas, es mejor morir. Sí; ¿a qué vivir, él, militar, si ha de ser un triste despojo a retaguardia?
Durante seis días su esposa y sus dos hijitos rodearon su lecho. Sus compañeros de armas, el capellán, le pidieron con lágrimas en los ojos que si no para la Patria, viviera para sus hijos, para su familia.
Al fin cedió. Ya era tarde. A las ocho de la mañana fue llevado a la mesa de operaciones. Todos contenían mal sus sollozos; él estaba tranquilo; había comulgado la víspera; estrecho entre sus manos el Crucifijo.
No podía recibir ningún anestésico; pálido, con los labios apretados, murmuraba en sus dolores:
¡Todo por Dios y por España! No sólo se necesitan soldados; se necesitan mártires.
Un suspiro salió de su pecho al ver cortada aquella parte de sí mismo. Al terminar la operación dio las gracias a los cirujanos.
Salió animoso de la sala. Su semblante parecía de cera.
¡Mira, Caridad, aquí tienes un inválido! Luego besó con amargura a su esposa y a sus hijos. Ese era su gran sacrificio.
A las doce, de repente, comenzó a fallarle el corazón. Perdió el conocimiento; media hora después volvió en sí.
Se confesó de nuevo, y pidió el viático. Hizo su profesión de fe; le trajeron al Señor. Era Dios que venía al pecho valiente de un soldado. Era un soldado que marchaba tranquilo al encuentro de su Dios. Se recogió en lo más intimo de su corazón, y oró.
La tarde avanzaba. Miró al rededor. Allí estaban el Capellán, unas monjitas, dos médicos, sus tres asistentes legionarios, otros Oficiales compañeros de armas.
Hizo acercase a los legionarios Cuándo volváis HIZO ACERCASE A LOS LEGIONARIOS ¨Cuando VOLVAIS
a la Bandera, un abrazo para cada uno; que el Capitán les dice que es dulce la muerte por Dios y por la Patria, que abre la verdadera felicidad. Ellos todos me conocen, a todos los quiero; que voy al triunfo; que el grito del colombiano es siempre el mismo:
¡Viva! ¡Colombia! ¡Viva España! ¡Viva la Legión!, que ahora añado ¡Viva Dios!; que ¡mi última palabra será Jesús; que con ella en los labios debemos caer todos”.
Bendijo por última vez a su esposa y a sus hijos; los besó en la frente.
A lo lejos sonaron las cornetas. Murmuró: — “¡Madrid! ¡España! ¡El triunfo…!”. Luego, con mirada vaga y lejana, habló de Colombia, la Patria, y sus hermanos, y calló. Todos lloraban.
Un rato después, fatigoso, abrió de nuevo los ojos. Su esposa, de rodillas, le sostenía en la mano el Crucifijo. A su lado estaba el Capellán, de pie. Con toda claridad y decisión le dijo: “Padre, diga usted que muero cristianamente, que así lo he querido yo, cristianamente, porque así mueren los soldados de España y los hijos de Colombia!”. Y a su mujer: “¡Caridad!… ¡Mis hijos!… Mi madre me espera en el cielo…
¡Primitivo! .. . ¡Colombia!… ¡El triunfo!… Recemos…
El Capellán empezó la recomendación del alma; la respiración se fue acabando. Caridad le acercó amorosamente el Crucifijo a los labios. Estos se cerraron con su última palabra: “Jesús”.
El Capitán legionario colombiano Luis María Crespo de Guzmán murió en Pamplona a las cinco y treinta y cinco minutos de la tarde.
La nieve caía lentamente cubriendo la tierra con su blanco sudario.

¡PRESENTE!
Es el frío de la noche, llena de rumores y de tristeza. Las luces del Hospital Militar rielan sobre la nieve invernal.
Allá, en la capilla, en cámara ardiente, los hachones rodean un túmulo cubierto con rica colgadura de seda blanca. Al pie, el guión legionario que flameó en San Marcial decora sus pliegues con la Cruz Laureada de San Fernando, y el vivo tricolor colombiano se enlaza con el pabellón de Falange y la bandera española. Sobre ellos, la espada y los guantes del caballero y la gorra legionaria.
Apoyada en el lecho funerario una joven vestida de negro desgrana una a una las cuentas del rosario; no llora, reza, mientras dos niños abrazados a ella se adormecen confiados, en la estancia donde se vela el cadáver de su padre.
Grupos de falangistas y legionarios se acercan reverentes, y luego dan lugar para que otros muchos entren a horar por el descanso del héroe.
El Oficial de órdenes pregunta quedamente: ¿Quieren verlo? Y al levantar el paño añade con voz estremecida de emoción: —
¡Esto es lo que queda del legionario!
Todos se yerguen firmes, como si los ojos del Capitán, ya cerrados para siempre, y su cuerpo mutilado, dictasen todavía en el silencio augusto órdenes de batalla.
Allí está el Colombiano. Su rostro marfilino sonríe con serena calma. La erguida cabeza apenas parece apoyarse en la almohada. Vestido con la guerrera de gala, brillan en el pecho todas sus condecoraciones, y sus manos estrechan el Crucifijo.
¡Fundador del Tercio! ¡Legionarios! ¡Ahí está, caído después del combate, mutilado, el Capitán en quien se cifraba vuestro cariño, el valiente, el admirado por la Legión entera, que es hoy el símbolo más puro del heroísmo sacrificado!
¡Capitán Crespo de Guzmán, caballero legionario! ¡Presentes!
En la mañana del 2 de diciembre, los restos del Capitán colombiano fueron trasladados por ferrocarril desde Pamplona hasta Zaragoza, donde habían de recibir sepultura. Rindieron homenaje durante el trayecto, legionarios, requetés y falangistas.
Recibió el homenaje zaragozano en nueva cámara ardiente hasta El mediodía del 3 de diciembre.
Y el entierro fue una marcha triunfal. Desde el frente de Madrid fue trasladada su Bandera a la ciudad. Sus soldados, algunos, viejos compañeros que se enrolaron con él en la Legión, que avanzaron con él, hombro a hombro, cuando era simple soldado, que sin envidias le vieron ascender por sus valerosas hazañas, atestiguaban en la tristeza de sus rostros el dolor por la muerte del Jefe respetado y querido que con ellos había convivido, que había sido como ellos.
Las calles, hasta el Cementerio de Torrero, mostraban entre crespones de luto los tonos vibrantes de las banderas. Gran cantidad de ramos y coronas conducían los automóviles. Detrás, entre un grupo de Falange y la Bandera del Tercio, avanzaba lentamente la carroza fúnebre. El asistente del Capitán llevaba del diestro su caballo.
Cubrían el ataúd la bandera española, las de la Falange y la Legión, y por encima de todas, como queriendo estrechar amoroso los otros estandartes contra aquellos despojos sagrados, el tricolor colombiano.
Los legionarios y falangistas con las armas a la funerala se adelantaban solemnes. Las bandas militares alzaban al aire melodías llenas de tristeza, y al quedar en silencio los clarines, atronaban el espacio los gritos de ¡Arriba España! con los que se mezclaban vivas a Colombia y al glorioso Capitán.
Ya en el Cementerio, el Tercio y la Legión formaron en cuadro; el féretro llevado a hombro por varios Oficiales salió al centro precedido por los abanderados que conducían los pabellones, mientras al toque marcial de las cornetas los legionarios presentaban las armas y los falangistas con el brazo en alto señalaban al cielo…
La tierra guardó los heroicos despojos cuando las voces conmovidas entonaban los himnos militares.
Luego, un Comandante legionario se adelantó, y con voz firme y metálica llamó: — ¡Capitán Luis María Crespo de Guzmán, caballero legionario! Y los soldados, señalando la tumba, contestaron con voz sorda: — ¡Presente!….
El Oficial falangista se acercó entonces al sepulcro, y llamó también: — Luis María Crespo de Guzmán, camarada, Jefe de Falange! Y señalando a las alturas, todos contestaron a media voz: — ¡Presente!
No se había silenciado aun el rumor de las voces; el sacerdote terminaba las oraciones litúrgicas: — Dadle, Señor, el descanso eterno, y brille para él la luz inmortal. Descanse en paz. ¡ Así sea!
¡Descansa en paz, caballero! En el camino de la vida luchaste con valor. Con sereno ademán soportaste las fatigas y la cruz. ¡Has cubierto de gloria el nombre de tus padres y la bandera de tu patria. Tu espíritu inquieto encontró la paz. Caíste como héroe por la causa de Dios. Tu lucha ha sido fecunda, y el sol de las victorias apunta ya en el porvenir.
¨…Volverán banderas victoriosas
al paso alegre de la paz;
traerán prendidas cinco rosas,
las flechas de mi haz.
Volverá a reír la primavera
¡que por cielo, tierra y mar se espera.
;Arriba, escuadras, a vencer,
que en España empieza a amanecer”.

SUGERENCIA HERÁLDICA

Sobre las arenas del desierto marroquí dejaron sus huellas, en el siglo VII, las huestes de Muza y de Tarik los africanos. En el Zoco de Arbaá, el Yebala y Beni-Assan proyectó la astuta y ágil caballería mora el desembarco en España y el asalto en el reino visigodo.
Se llenaron de turbantes los caminos iberos, y en las márgenes del “Tajo, defendiendo la Cruz y el reino español cayó junto a su rey, el portaestandarte de Don Rodrigo, Flavio Crespo. Años después lucharon contra los moros, a órdenes de los soberanos de Castilla. Hernán y Alfonso Crespo, en tiempos de la primera reconquista española, y más tarde otro Hernán Crespo, al servicio de Alfonso VIII, murió en la batalla de las Navas de Tolósa.
Alonso de Guzmán el Bueno no quiso abatir la Cruz en su castillo de Tarifa y desde los muros de la plaza arrojó el puñal que sirvió a los moros para el sacrificio de su hijo; sus descendientes lucharon y dieron su sangre en las tomas de Sevilla y de Granada y en la batalla de Lepanto.
Cuando de nuevo en toda España se alzó la cruz de Cristo y se descubrió para la civilización un nuevo mundo, los Crespos y Guzmanes siguieron por las rutas de Cortés y de Pizarro y su raza retoñó en América.
Pasaron los tiempos, nacieron las repúblicas bolivarianas, España perdió su poderío, y en la segunda década de nuestro siglo el alfanje brilló de nuevo bajo el sol marroquí, contra la Madre Patria.
Entonces, atavismo guerrero y racial surgió también en un alma colombiana y Luis Crespo Guzmán surcó los mares, desembarcó en el África, y bajo el pendón castellano avanzó otra vez contra la morisma. Combatió y triunfó en Marruecos, regó Con su sangre las arenas sedientas, y las cicatrices de su pecho se orlaron de condecoraciones.
Una nueva amenaza contra la civilización y la Cruz irrumpió en España y los hijos de Lenín se adueñaron del gobierno. Allí se lanzó también en la nueva reconquista el legionario colombiano; con sus soldados señaló la ruta de la victoria; atravesó de un lado al otro la península llevando en el acero de su espada la muerte a los enemigos y en la empuñadura la cruz de consuelo a los cristianos; herido y mutilado por la metralla roja ganó su último combate, y como los antiguos Crespos y Guzmanes cayó el héroe por la fe en Cristo y por España, para descansar eternamente en los brazos de Dios.

EN ESPAÑA Y EN COLOMBIA
¡Luis María Crespo de Guzmán! ¡Capitán!

La tierra española guarda con amor tu cuerpo ensangrentado y cubre de flores tu sepulcro.
Sobre las dunas marroquíes no se erguirá de nuevo tu imagen gallarda; las mesetas castellanas no se estremecerán ya al paso de tu corcel de batalla, y la sierra del Guadarrama no te verá otra vez bajo la helada noche cristalina, el arma al brazo, en vigilia fervorosa, buscando con ávida mirada el amanecer de la nueva España.
Tu patria colombiana quedará siempre como en espera de tu regreso, y su ardiente juventud mira ya a tu figura guerrera aguardando al caudillo que le abra las puertas victoriosas del porvenir.
Cuando el clarín te llamó a la guerra, allá
marchaste; fuiste el cóndor andino que se alzó
con aleteo de claridades a las alturas!
¡No has muerto, Capitán!, porque no pueden llamarse muertos los que de guardia sobre los luceros están presentes a nuestro afán!
¡No has muerto, Capitán!, porque vive el que escribió en la Historia un poema de heroísmo con la pluma acerada de su bayoneta!
¡Capitán colombiano
Luis María Crespo de Guzmán,
tu alma está en el cielo
y tu espíritu en la raza!
¡ Por España y por Colombia!
¡Presente!

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