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EL COMANDANTE FRANCO


NUEVO MUNDO
3 Marzo 1922

EL COMANDANTE FRANCO

Me dijeron en la Puerta del Sol que se había detenido unos momentos en uno de esos cafés de la calle de Alcalá, a los que concurren de bracero la frivolidad y la galantería, y fui rápidamente, anheloso, a encontrarle.
-¡Mi comandante!!A la orden siempre!¿Que tal se encuentra?-le dije conmovido de cariño, de respeto y de admiración, cuadrado, como me corresponde, vacilante, sin atreverme a romper la mesura de la regida disciplina militar, tendiéndole mis brazos.
Los señoriítos “ bien”, la gente de la bagatela, que suelen quejarse de la presencia de los mutilados de la guerra por que suponen en ellos un quimérico prurito de vanidosa exhibición, tuvieron un movimiento de asombro ante la efusión del jefe, que se desbordo abrazando cariñosamente a su agente de enlace, este modesto cabo de la legión.
Las mujeres contemplan golosas.
Este es otro ambiente. aquí nos sentimos mas cerca de su corazon, y nuestras palabras se deslizan en un tono de mayor intimidad que la que podía unirnos en África, y la admiración que por el sentimos llega, aumentada hasta el fervor, quizá por que el fondo de la escena en que estamos da mayor relieve a su figura moral.
-Cuénteme, cuénteme, mi comandante. ¿Que pasa por allá desde que yo no puedo seguirles?
-No hable de mí en los periódicos. Se lo ruego, se lo mando.
-Es un deber mío; yo tampoco quisiera decir nada de usted, pues lo van atribuir a halago, porque soy su subordinado; pero lo menos que puedo hacer es predicar el ejemplo de su valor par que sirva de estimulo.
Mientras hablamos le contemplo un poco asombrado, atónito, de verle ileso. Yo, que lo he visto siempre entre un horrísono bargel y siempre tan indiferente que llegue a creer en su inconsciencia, tengo que creer en lo que aseguran los ocultistas que un valor extraordinario, que la fe, hacen volver a las balas sobre su camino.
-Y Fulano, mi comandante,¿ como esta?-le digo, refiriéndome a un compañero.
-Murió como un bravo, como lo que era.
Y los ojos de Paquito Franco, como le llama nuestro teniente coronel, esos ojos de moro cuyas miradas buscan insistentemente las “habituales” del café en que nos encontramos, brillan con reflejos de ternura.
-¿Y el capitán?…
-No me pregunte usted por nadie-me suplica haciéndome, tras un silencio penoso, una larga lista de bajas.
¡Nuestros mas queridos compañeros de armas!….
¡Eran legionarios! ¡Estaba descontado! ¿Qué se le va hacer?
-Pensar, nada más, que en la gloria de nuestras banderas.
Cuando pienso en todos los predilectos de mi corazón que la Muerte llevo de la mano veo como una bandera de la Legión que camina cantando, en tropel, hacia la gloria…
-Voy a ver a mi madre y a mi novia-me dice para variar el curso de la conversación. ¡La novia y la madre del guerrero! ¡Que figuras tan interesantes! Los legionarios, en las marchas cantamos:

El comandante Franco
Que ha aplazado su boda.
¡ah! Mi comandante. Cuando
le veo se me ensancha el corazón
inundado de optimismo: creo que
la Humanidad es buena

Carlos Mico España
Cabo de la Legión

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